Me preguntaron un día si conocía alguna pista acerca del antídoto que todo lo cura. Y yo muy desubicada no supe más que balbucear una respuesta ahogada de tanto oxígeno.
Quizás porque me di cuenta de que sólo podía contestar con otra pregunta: “¿Y sabe usted donde se encuentra el veneno que todo asola?”. Tan grande fue mi sorpresa al ver que según terminaba mi pregunta el transeúnte señalaba su sesera, que me quedé inmóvil durante unos segundos.
Aunque el caballero tuviera razón no conseguí entender cómo al indicarme la residencia del mal no pudo toparse, sin querer, también con la del bien. Así que sólo tuve la ocurrencia de señalarme el pecho, sugiriendo que ahí dentro había algo.
Y él insistió en preguntar que si poseía alguna pista sobe el antídoto que todo lo cura. Entonces yo totalmente absorta, y con el dedo aún señalando mi pecho, le pregunté: “¿Es que nunca le han roto el corazón?”. A lo que él contestó con una rotunda negativa.
De manera que estallé: “¿Y a cuántos hombres conoce que hayan sido derrotados por Goliat? Estoy segura de que a ninguno. En cambio, dígame, cuántos se dieron por vencidos por el simple hecho de no encontrar cerca una piedra para tirarle al dichoso gigante. No podríamos contarlos, señor. Así como no tenemos medios para calcular el número de ellos que lo vencieron por llevar un amuleto minúsculo o una ínfima esperanza. Entonces, pensemos, ¿no es muy a menudo el más pequeño de los males el veneno que todo asola? Y, para mayor índole, ¿no es siempre el más pequeño detalle el antídoto que todo lo cura? Está pues, todo aquí dentro, en la máquina que empuja la sangre. Así que deje de buscar y propague su antídoto por cada lugar que conquisten sus pasos”.






