El antídoto que todo cura

Me preguntaron un día si conocía alguna pista acerca del antídoto que todo lo cura. Y yo muy desubicada no supe más que balbucear una respuesta ahogada de tanto oxígeno.

Quizás porque me di cuenta de que sólo podía contestar con otra pregunta: “¿Y sabe usted donde se encuentra el veneno que todo asola?”. Tan grande fue mi sorpresa al ver que según terminaba mi pregunta el transeúnte señalaba su sesera, que me quedé inmóvil durante unos segundos.

Aunque el caballero tuviera razón no conseguí entender cómo al indicarme la residencia del mal no pudo toparse, sin querer, también con la del bien. Así que sólo tuve la ocurrencia de señalarme el pecho, sugiriendo que ahí dentro había algo.

Y él insistió en preguntar que si poseía alguna pista sobe el antídoto que todo lo cura. Entonces yo totalmente absorta, y con el dedo aún señalando mi pecho, le pregunté: “¿Es que nunca le han roto el corazón?”. A lo que él contestó con una rotunda negativa.

De manera que estallé: “¿Y a cuántos hombres conoce que hayan sido derrotados por Goliat? Estoy segura de que a ninguno. En cambio, dígame, cuántos se dieron por vencidos por el simple hecho de no encontrar cerca una piedra para tirarle al dichoso gigante. No podríamos contarlos, señor. Así como no tenemos medios para calcular el número de ellos que lo vencieron por llevar un amuleto minúsculo o una ínfima esperanza. Entonces, pensemos, ¿no es muy a menudo el más pequeño de los males el veneno que todo asola? Y, para mayor índole, ¿no es siempre el más pequeño detalle el antídoto que todo lo cura? Está pues, todo aquí dentro, en la máquina que empuja la sangre. Así que deje de buscar y propague su antídoto por cada lugar que conquisten sus pasos”.

Mi ratonera

Les voy a contar la verdadera historia de lo que pasó anoche. Bueno, a lo mejor no es la historia auténtica, pero como la verdad es algo muy relativo he elegido la versión que más me gusta a mí:

Estábamos en mi cuarto y se trataba, sin duda alguna, del momento más emocionante que vivía en mucho tiempo. Le pedí su opinión sobre un cuadro colgado en mi pared. Lo había pintado yo misma años atrás, aunque no lo confesé.

“Bueno, no sé. Está torcido”, dijo con cara de circunstancia. “Además, qué más da si yo no entiendo de arte”, añadió desentendiéndose de la situación. Yo no le había pedido una crítica de arte, solamente quería una opinión humilde, humana.

Esa pintura es mi autorretrato, unos garabatos hechos de forma casi espasmódica. Un hermoso caos, pícaro y totalmente incomprensible para los que no tienen sangre en las venas. Es la máxima aspiración que puede alcanzar un objeto inanimado, el hacer sentir a lo vivo y dar sentido a lo inerte. Para mí esa habitación sin ese cuadro estaba vacía.

Tras ver que no era él un hombre de muchas palabras opté por mostrarle un poema escrito por mí, con la intención de que se muriera de curiosidad. Este poema, justamente:

Nos perdemos en las teclas del piano
tu mano y mi mano tocan, se tocan.
Todo lo que no entiendo
se desentiende de mí.
Arranco una flor, después sus pétalos.
Pétalo, Flor y Anhelo desembocan
en el océano de lo incierto.

Y su reacción fue más que esperable. La cabeza asentía y sus morros se torcían en forma de sonrisa. Mera aprobación, nada más. Y quizás con esto lo único que pasó anoche fue que me desenamoré un poco, pero eso en realidad no es una novedad.

Ya me lo dijo mi madre un día, que con los ratones sólo hay que hablar si son coloraos. Y a éste lo encontré en una ratonera que apestaba a puro y sombrero de copa, donde unos restos de carmín de alguna golfa fue lo único rojo que hallé.

Me planto

Nada, creo que nada está muy adentro
y después de otro año la nada es dolor.
Que viene y va, sube y baja el sabor
sin pena ni gloria; sin un féretro

Sin lugar donde caer muerta me encuentro.
Sin conocer nuestro sol y su calor.
Que me vuelve sin avisar el ardor
y me insinúa que tengo alma y cuerpo.

Quien quiera esta vida se la regalo,
quien quiera gritar a los cuatro vientos
que yo soy otra luna sin encanto.

Que a quien quiera quererme yo lo espanto.
Y si los días los cuentas por cientos,
tras haberlos destrozado, me planto.

El tesoro

Siempre que viajo en metro me pregunto en qué estarán pensando esas caras con la mirada perdida que me acompañan en el vagón. Muchas de ellas están apagadas y eso me asusta muchísimo. No hay nada que me resulte más amenazante que el silencio corrupto por el chirriante sonido del tren en movimiento.

Quizás ellos también se estén preguntando en qué estoy pensando yo. Y la mitad de las veces no es nada serio o digno de ser contado, pero la otra mitad. ¡Ay ese resto de veces que viajo en metro! Si ustedes supieran… Pienso tanto que me parece que voy a estallar.

Hoy me ha pasado eso, lo de volver carcomida de tanto fundirme con mi conciencia. Pero también me ha sucedido lo de siempre cuando llego a casa. Me he encontrado con la chica que cada día me presta sus ojos para tener una visión transversal de lo propio. Esa señorita que sólo tiene una cosa más bonita y grande que sus ojos, su corazón.

No sé qué sería de mí sin ella. Ni siquiera quiero planteármelo. Ella es mi hermana y créanme, es el mayor de mis tesoros.

Mucho más que todo

Me he vuelto a enamorar. Ha sido el momento más intenso de mi vida. Él estaba tocando la harmónica en una calle cualquiera y yo he dejado de sentir frío. Sólo mis oídos estaban vivos, y lentamente sus notas se iban deslizando por mi piel y adentrándose hasta hacerme una yaga.

Y un enjambre de acordes me mordía y me besaba hasta que no he podido más. No sabía por qué pero ya no tenía prisa. Aquello era mucho más que algo sublime. Era mucho más que todo.

Quién me iba a decir que la perfección se escondía en una esquina de Madrid. Con la soledad de unas notas que sollozaban desamparadas. Y que mis sentidos las atraparían sin querer para siempre.

Quise darle todo, sin embargo sólo pude darle lo que supe: una moneda y mi corazón enlatado en la sonrisa más grande que jamás haya mostrado.

Bang, bang

Veo su sombra, gigante y difuminada, anquilosada y monstruosa. Es el odio discordante de su espíritu y la hastiada semilla de sus quimeras.

Es la altiva forma de mirar que tiene, lo que más me apesadumbra. Y el amor desgajado y el eterno manjar de daño que nos dábamos. En que todo era poco y ese poco demasiado. En que el consuelo era que aquello no estaba hecho para ser comprendido por mí.

Estamos los dos en la misma habitación, blanca, sin ventanas. Solos, en esquinas enfrentadas, convencidos de que es el único final posible. Y de repente dos disparos al unísono y luego silencio. Después más silencio. Más tarde, nada.

La diosa del cielo

Si probases lo rica que sabe la Luna creciente querrías más. Si intentaras mirar el mar y ver en él una sopa de estrellas, reflejo del cielo, sabrías cómo me siento. Pero se nos ha hecho tarde. Ahora estás a mil suspiros de aquí y ya no escuchas cuando mi respiración se agita. Y no te culpo, eres así y así me faltas.

Es lo de todos los días, el velo de alegría y el corazón hirviendo. Todo lo que nunca fuimos.

Cada vez me asusto más porque me importa menos. Porque son pura ceniza los ojos que un día fueron mi infierno. Porque entre bocado y bocado de Luna, que es mi agua de mayo, no preciso de nada más.

Es el Robin Hood del firmamento, que me acompaña y le roba luz al Sol para dar de comer a los pobres y a los que están solos. Porque, te contaré el secreto, ella sabe que no hay nada que indigeste más que la soledad.

Por perder, perdí hasta el zapato

Me queda como un guante este zapato y es una verdadera lástima que perdiera a su pareja en algún charco de lodo. Fue todo tan rápido que apenas lo recuerdo, aquello explotó y yo salí corriendo. Y cuando me paré y me hallaba entumecida por haber corrido más que en toda mi vida junta, ya no estaba.

Es triste que saliera despavorida y no tuviésemos tiempo de despedirnos como en las películas, con un beso de tornillo y una lágrima escapándose desesperada.

Estábamos en Finlandia, haciendo qué sé yo y el cielo se puso de colores. Nuestras manos eran un nudo, de esos que cuesta horrores deshacer, mientras pensábamos en nada y observábamos todo. Éramos felices y lo demás nos era intrascendente.

Y de pronto la esencia platónica de la belleza se hizo algo terrenal. La Aurora Boreal invadió el horizonte como si tal cosa, y a mí me asustó que sin pedir permiso el cielo diera un estacazo a la monotonía. Porque a mí me gustaba esa monotonía, era aterciopelada y azul, azul cielo.

Del susto corrí hacia el lugar más inhóspito de la Tierra sin saber por qué. Más tarde, habiendo perdido un zapato por el camino, me enrolé en un barco de pólvora y migrañas del que no he sabido salir. Y sin zapato, sin sentido y sin su compañía continúo mis días. Buscando la Aurora Boreal en la que lo dejé abstraído, con los colores de mi ausencia enfrascados en la retina de sus ojos.

La risa, sin prisa pero sin pausa

Es un reír a carcajada limpia, un reír sin motivo aparente. Articular las guturales sin respeto a nada, mas sin ofender a nadie. Es reír por reír y dicen que rejuvenece.

Eso es lo que me digo cuando no puedo parar de reír, que suele ser muy a menudo. Y para rizar el rizo diré que me gusta, que me encanta, que es algo precioso. Incluso cuando uno tiene los ojos tristes y aún así se ríe, o cuando le duele la tripa de tanto hacerlo.

Dicen que tengo una risa contagiosa, escandalosa y sincera. Y eso me hace ser creyente y practicante del buen humor, que es la sal de la vida. Eso me hace pedir perdón con una sonrisa tímida, y tirar al centro de la diana con una sonrisa de medio lado.

Basta ya de tanto grito, que tan nerviosa me pone. Se acabaron los ruidos ensordecedores, los cláxones coléricos y la soberbia seriedad. Reíd, reíros de todo en abstracto y de nada en concreto, contagiad, sed la toxina de la alegría.

¡Que el mayor de nuestros pecados sea reír!

Mi acuario era revolución

Tengo un acuario vacío. Antes lo llenaban cientos de seres, de todo tipo, desde peces exóticos hasta el más endeble percebe. Estaba lleno de pequeñas maravillas. Y no me sentía preparada para cogerlo todo entre mis brazos y abrazarlo con tanta fuerza como debía. Y no soy de esas que dicen las cosas con la boca pequeña, pero siempre se me escapa lo que pienso si querer.

Esto es lo que suelo hacer, apuntar lo que me sorprende en una libreta. Y luego lo leo, y sonrío, y me siento inmensa como la lluvia.

Porque al fin y al cabo vivir de revolución era lo que me daba mi acuario. Un inmenso mundo colmado de fantasía al que mi corazón no podía cuidar con toda su fuerza.

Porque al fin y al cabo eso es la revolución, que nace para encender y apagar fuegos, para unir a distintos seres en su acuario y hacerlos fantasía. Pero hay que cuidarla con todo el esmero del mundo o como el acuario que es, se te vacía.

Y si queréis podéis ayudarme a rellenarlo. Con una gota de vuestra lluvia, de vuestro afecto, de vuestra rabia y esperanza. Luego podemos bebernos ese brebaje y además de tenerla, podremos serla, ser pura revolución.