Tu gesto sereno y los negros flecos de tus párpados, siempre a medio abrir, no me impidieron ver que guardabas maravillas en pequeños frascos. El constante Realismo mágico de tus palabras, las selvas de tus cuentos, la libertad de tu horizonte, que siempre desentonó con tu flaqueado aspecto.
Pero, compadre, dicen que no estás hecho para la revolución. Tú, cubierto de hielo, sólo te derrites cuando te ves sumergido en aguardiente. Cuentan que tampoco te alientan las flores que tapan los fusiles para que no sean disparados. Y sin embargo, lo sé. Sé que tus ojos esconden un ave que se muere por volar.
Tan sólo es desconfianza, pánico a todo lo que no será. No sabes nada, compadre. Me gustaría enseñarte el mundo entero. Pero tú, con tu gesto sereno y tus ojillos mirando a la libertad de tu horizonte, no ves lo que está tras de ti. Tu sombra y la mía bailando.
Y ahora que lo entiendo todo pido a nuestras sombras que no dejen de bailar, aunque no suene rock’n’roll de fondo. Aunque no estés hecho para la revolución, pese a que estés cubierto de hielo, me quedan muchas botellas de aguardiente. Me quedan muchas palabras, mil latidos y todas las balas por disparar.
Compadre, me queda tiempo para esperarte.














