Todos los que no me imaginan soplando el veneno de mis manos y alejándolo de mí, todos esos, no saben nada. Y tampoco es que me importe lo que piensen las estrellas que conforman el mosaico del cielo. Ni tampoco las habladurías de los flautistas que se llevan las ratas de esta ciudad. La única profecía que auguro y aguardo es la de la calma absoluta.
El rocío está sobre mis labios cuando duermo a la intemperie y el invierno se deja engañar por un sol caprichoso. En estas noches, en que la naturaleza me sumerge en su burbuja sideral, poco más que el canto de los grillos se deja caer por mi cuerpo.
No necesito una mano a la que aferrarme porque la hierba me guarda entre sus magros pero salvajes brazos. Aquí soy recuerdos, amapolas y esperanzas. Surco cada hoja, estudio los troncos de los árboles y entonces comienza la charla con el silencio. Nunca me contesta, pero prometo que nuestra comprensión es dulce y liviana. Él calla y yo sonrío extasiada. Somos dos enamorados en la más profunda pasión.
Por la noche me gusta su medio camino entre la sonrisa y la lágrima, descomponer la luz blanca, los semáforos en ámbar y mirar cómo todo es tan pequeño. De no ser por él no sabría que mientras el arco-iris sustente todo lo que tengo y yo quiera hacerlo, me da tiempo a sentir un rato más.













