Las cenizas no se queman. Son sólo eso, cenizas. Y de nada vale guardarlas entre las manos porque el aire decide llevárselas de un soplido.
Los viejos leen sentados en bancos el periódico y charlan. “Qué mal va el país, cuánta desgracia” son los comentarios más repetidos. Aquí como en Bogotá, Colonia o Moscú. Mientras miles de fuegos arrasan todo y los niños juegan ajenos a la soberbia de la vida moderna.
Cientos de datos, cifras y estadísticas en papeles y en boca de los todopoderosos. Dios callado, la Virgen inmóvil en los altares y los Santos presidiendo fiestas de pueblos colmados de borrachos. Sonrían para la foto, ésta es la evolución.
Volvamos a las cenizas, a los productos obtenidos tras la combustión. Hallemos la entropía de la reacción: nos da positiva, el desorden aumenta. Y después el aire sopla, y el poco orden que queda amontonado entre las manos se deshace en su trayecto hacia cualquier lugar.
Cualquier lugar, como éste, un despampanante olor a playa, calor y afrodisíacos. Entre dos mares plateros de sal. Las luces tenues iluminando débilmente los botones de la blusa de la bailarina encerrada en una caja de música. La luna flotando pomposa en el cielo. Todo lo demás ingrávido.
Te anhelo como Luís Cernuda afanaba el amor y el olvido. Estás en todas las canciones, entre acordes me robas a golpe de suspiro. Eres desesperante.
Sin embargo, ¿qué importa si todo se pone al revés? Si la luna baila en una caja y la bailarina flota pomposa en el cielo, si dejas la ventana abierta, qué importa.
Pero las luces tenues iluminan débilmente los botones de la blusa de la bailarina encerrada en una caja de música. Los viejos leen sus periódicos, miles de fuegos arrasan todo mientras los niños continúan ajenos a la soberbia de la vida moderna. Todo está en su sitio.
Y en un istmo encerrado entre dos mares, justamente aquí y ahora, se acerca un huracán que tartamudea tu nombre.