Mi ratonera

Les voy a contar la verdadera historia de lo que pasó anoche. Bueno, a lo mejor no es la historia auténtica, pero como la verdad es algo muy relativo he elegido la versión que más me gusta a mí:

Estábamos en mi cuarto y se trataba, sin duda alguna, del momento más emocionante que vivía en mucho tiempo. Le pedí su opinión sobre un cuadro colgado en mi pared. Lo había pintado yo misma años atrás, aunque no lo confesé.

“Bueno, no sé. Está torcido”, dijo con cara de circunstancia. “Además, qué más da si yo no entiendo de arte”, añadió desentendiéndose de la situación. Yo no le había pedido una crítica de arte, solamente quería una opinión humilde, humana.

Esa pintura es mi autorretrato, unos garabatos hechos de forma casi espasmódica. Un hermoso caos, pícaro y totalmente incomprensible para los que no tienen sangre en las venas. Es la máxima aspiración que puede alcanzar un objeto inanimado, el hacer sentir a lo vivo y dar sentido a lo inerte. Para mí esa habitación sin ese cuadro estaba vacía.

Tras ver que no era él un hombre de muchas palabras opté por mostrarle un poema escrito por mí, con la intención de que se muriera de curiosidad. Este poema, justamente:

Nos perdemos en las teclas del piano
tu mano y mi mano tocan, se tocan.
Todo lo que no entiendo
se desentiende de mí.
Arranco una flor, después sus pétalos.
Pétalo, Flor y Anhelo desembocan
en el océano de lo incierto.

Y su reacción fue más que esperable. La cabeza asentía y sus morros se torcían en forma de sonrisa. Mera aprobación, nada más. Y quizás con esto lo único que pasó anoche fue que me desenamoré un poco, pero eso en realidad no es una novedad.

Ya me lo dijo mi madre un día, que con los ratones sólo hay que hablar si son coloraos. Y a éste lo encontré en una ratonera que apestaba a puro y sombrero de copa, donde unos restos de carmín de alguna golfa fue lo único rojo que hallé.

5 han dicho algo

Tú y yo estamos condenados

Tú y yo estamos condenados
por la ira de un señor que no da el rostro
a danzar sobre un paraje calcinado
o a escondernos en el culo de algún monstruo.

Tú y yo siempre prisioneros
de aquella maldición desconocida.
Sin vivir, luchando por la vida.
Sin cabeza, poniéndonos sombrero.

Vagabundos sin tiempo y sin espacio,
una noche incesante nos envuelve,
nos enreda los pies, nos entorpece.

Caminamos soñando un gran palacio
y el sol su imagen rota nos devuelve
transformada en prisión que nos guarece.

(La Habana, 1971)

De: Inferno, poesía completa

REINALDO ARENAS

xxx
4 de Enero de 2008 at 10:06 am

Todo momento es un regalo cuando no se espera nada de nadie.

ciclotimico
4 de Enero de 2008 at 10:53 am

¡Ay el desencanto! Tan jóvenes y tan experimentados en él.
Cada día me gusta más encontrarme cosas nuevas por aquí, sobre todo teniendo en cuenta que cada vez tus disparos estallan más cerca de mí.

Spender
4 de Enero de 2008 at 5:45 pm

El arte es siempre sensibilidad, es comunicación. Y eso requiere unos mínimos, porque de donde no hay no se puede sacar, es tontería. Es una cualidad, es como el que ve opuesto al ciego. Es como el sordo contra el que oye… Es difícil que lo entiendan los ratones.

Rubén
4 de Enero de 2008 at 8:50 pm

Lastima que te topases con alguien que carecía de esa sensibilidad que buscas. Saludos.

Public Enemy
4 de Enero de 2008 at 11:34 pm

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