Lunes

Suena el despertador del móvil, y tras escuchar su atronador sonido durante cinco segundos largos e impasibles es el momento de abrir los ojos para callar a ese hijo de puta que tú mismo has comprado.

Reposas en la cama, agonizando, como si acabases de recibir un disparo entre ceja y ceja. Efectivamente, es lunes.

En la cocina suena la cafetera y deseas que estalle reventando todo, para así tener un motivo justificado por el que no embotellarte en un atasco.

Con o sin ojos azules llega una edad en la que no se te perdona llegar tarde. Dejas de remolonear en la cama y en el cristal empañado de la ducha te dedicas a dibujar y escribir.

Remueves el azúcar del café mientras lees los ingredientes de unos bollitos marca Mercadona. Y es entonces cuando te sumerges en la inconsciencia por un instante: ¿crees en lo que ves? Materia absolutamente compuesta de vacío masificado. Una realidad tullida. Materia enferma de tus sentimientos.

En el trabajo tu compañero Juan se queja porque le han sacado una muela del juicio. Y tú para tus adentros piensas: “pues menudo marica, seguro que no ha sido para tanto. Cuando yo era pequeño y llegaba a casa de mis abuelos tocaba la revisión. Si algún diente se movía, aunque fuese un poquito, era automáticamente arrancado por un hilo que se ataba al pomo de la puerta más cercana. Y aquello sí que era digno de temer y de sufrir.”

Llegas a casa, enciendes la tele y Ana Obregón tiene un nuevo novio con el pene más grande y el cerebro más pequeño. Batiendo su propio récord.

Y así durante toda la semana, exactamente la misma rutina. Hasta que despiertas el jueves, o quizás debería decir el juernes. Los jueves huelen a viernes de principio a fin, es el consuelo de ese día inservible que se sitúa en el ecuador de la semana.

Menos mal que en este asqueroso pueblo queda todavía monte donde adentrarse. Donde poder esconderse y ser uno mismo. Y tras eso queda una evasión donde romper la monotonía con un antifaz cuyas lentejuelas son un seudónimo y cuya arma infalible son las palabras.

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