Siempre que veo el mar me paro en seco, como si esa masa de agua salada tuviese un poder sobrenatural sobre mí. Una fuerza tan estrepitosa como pausada que se hace con el diámetro entero de mi pupila y lo absorbe. Quizás sea porque allí, donde hay mar, se aprecia la Luna con una especial entereza y magia. O puede que el silencio, únicamente quebrantado por el romper de las olas, tenga una consistencia tan especial que logra acomodarse al ritmo de mis sentidos.
No sé qué pasa ni me planteo poder explicarlo, pero cuando observo la manta azul de sal siempre es como si lo hiciera por primera vez. El ir y venir, el incansable movimiento de esa maravilla, convierte los paseos y las personas en algo singular. La ida siempre es sobria y pausada, espiritual, cuidada. La vuelta, en mi caso, suele ir acompañada de alguna copa de más y alguna compañía de menos. Porque el mar hace extrañar a los que no pueden estar pero también logra que los compañeros de viaje de vuelta sean notas acompasadas con el momento. El mar es echar de menos y dudar y enamorarse.
Me pregunto qué pensaría esa enorme masa de agua si tuviera conciencia. Porque si algo está claro es que si Dios existe está hecho de vida así como la vida está hecha de agua. Qué pensaría la mente salada si me viera correr entre sus olas. No lo sé.







Alguien comentó
Hay muchos días de verano y elegimos el mismo para la vuelta. Mi éxodo ha sido desde la costa hasta el interior, hasta la Castilla mas profunda, pero echaba de menos el mar como ahora que estoy aquí echo de menos el páramo. Nunca llueve agusto de todos.
Besos
25 de Agosto de 2008 at 6:14 pm
Deja un comentario