Me preguntaron un día si conocía alguna pista acerca del antídoto que todo lo cura. Y yo muy desubicada no supe más que balbucear una respuesta ahogada de tanto oxígeno.
Quizás porque me di cuenta de que sólo podía contestar con otra pregunta: “¿Y sabe usted donde se encuentra el veneno que todo asola?”. Tan grande fue mi sorpresa al ver que según terminaba mi pregunta el transeúnte señalaba su sesera, que me quedé inmóvil durante unos segundos.
Aunque el caballero tuviera razón no conseguí entender cómo al indicarme la residencia del mal no pudo toparse, sin querer, también con la del bien. Así que sólo tuve la ocurrencia de señalarme el pecho, sugiriendo que ahí dentro había algo.
Y él insistió en preguntar que si poseía alguna pista sobe el antídoto que todo lo cura. Entonces yo totalmente absorta, y con el dedo aún señalando mi pecho, le pregunté: “¿Es que nunca le han roto el corazón?”. A lo que él contestó con una rotunda negativa.
De manera que estallé: “¿Y a cuántos hombres conoce que hayan sido derrotados por Goliat? Estoy segura de que a ninguno. En cambio, dígame, cuántos se dieron por vencidos por el simple hecho de no encontrar cerca una piedra para tirarle al dichoso gigante. No podríamos contarlos, señor. Así como no tenemos medios para calcular el número de ellos que lo vencieron por llevar un amuleto minúsculo o una ínfima esperanza. Entonces, pensemos, ¿no es muy a menudo el más pequeño de los males el veneno que todo asola? Y, para mayor índole, ¿no es siempre el más pequeño detalle el antídoto que todo lo cura? Está pues, todo aquí dentro, en la máquina que empuja la sangre. Así que deje de buscar y propague su antídoto por cada lugar que conquisten sus pasos”.






5 han dicho algo
Este “pequeño” blog, es un gran antídoto para todos nosotros.
Siempre, gracias.
5 de Enero de 2008 at 9:50 am
Un mal día de trabajo
Por secarme una lágrima
me saqué un ojo
por persignarme
me arañé el corazón
por cortarme una uña
me quité la mano
por seguir una sirena
me enredé con una medusa
Al final del día
conocí a un demonio blanco
suave y triste
que quería sacarme
de este cielo
para llevarme
a su infierno
El Redentor y Otros Seres Urbanos. 1996
RODRIGO CARRILLO FLORES
Guatemala
5 de Enero de 2008 at 11:54 am
La cosa se resumen en: “¿Es que nunca le han corazón?”. Una simple frase y ya me has sacado la sonrisa para todo el día ;).
Cómo será que al final todos nosotros andamos (si no consciente, al menos inconscientemente), buscando el favor del Dios de las pequeñas cosas (*).
Porque, aunque parezca mentira, no es que los detalles cuenten. Es que, conforme pasa el tiempo, se nos tiñen de olvido las cosas grandes, mientras tenemos el recuerdo cosido con los hilos de pequeños gestos, imágenes fugaces, o simples palabras que consiguieron grabarse a fuego en la memoria.
Un besín
(*)un libro estupendo, que por supuestisísimo te recomiendo, por cierto
5 de Enero de 2008 at 2:43 pm
Una pequeña historia que esconde un GRAN significado.
Gracias!
6 de Enero de 2008 at 1:16 pm
Y lo llevamos dentro. Yo creo que es el mensaje de todas las religiones. El camino hacia el interior… porque el antídoto que todo lo cura lo llevamos escondido, dentro de nosotros mismos. Pero la pluma que como la tuya lo sabe contar ilumina con fuerza el camino. Un aplauso grande de este lector admirado.
15 de Enero de 2008 at 10:48 pm
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