Deshumanizando

Las extremidades del cuerpo pesan, a veces, más que un elefante profundamente dormido. Es en esos amaneceres en que el espejo resulta algo más trascendente que un elemento asiduo al baño frente al que poner muecas pintorescas. Al mirarse se ve en el brillo de los ojos un atedio, el enfado de la desgana. Cuando una se pregunta si tendrán que caerse todas las luces del cielo para ser capaz de desear y que ese deseo empape el fluido que empuja el cuerpo a comenzar un nuevo día.

Ese sentimiento de impotencia ante el presente que aprieta como una soga en el cuello, nos hace saber que somos humanos. El pensar por qué tendremos los pies sobre el mundo y si tendrá algún sentido cada inspiración de oxígeno. Somos humanos y el intrínseco existencialismo que nos persigue de vez en cuando es indigesto.

Quién es quién en el vagón de la humanidad, que continúa corriendo en círculos dentro de la pajarera. Muertos de sed y de hambre en el viaje en que siempre se aliña el corazón con unas pinceladas de tristeza. El camino al nuevo día donde la única vía para comernos el firmamento es aceptar nuestra condición y huír de ella, esperando a que vengan vientos mejores que nos empujen a alguna isla donde poder estar en la más venenosa y libre soledad.

Alguien comentó

Menos mal que ya te he echado el lazo…

Spender
14 de Julio de 2008 at 6:23 pm

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