Los versos cromáticos

Giran los colores
y hacen luz blanca.
Mientras mis manos se estancan
en el recuerdo de los calores
de agosto.

Soy lo que nunca quise,
la espera del sentido.
La búsqueda de lo prohibido
en los libros de Rilke.

Odio extrañar el sudor,
me asusta extrañar
la espiral.
Si me salpican desde el corral
tus plumas de gallo indomable.
Pero ya no volverá a ser agosto.
Ni quiero más pedazos de su coral.

Y los ratones colorados
que se estancan en los calores
con sus manos
en punto muerto,
no le bailan el agua a nadie
porque extrañan algo que no aún existe
pero los que se vienen traen aires
de haber inventado algo nuevo.

bahcrisss

Según los ojos que lo miren

De repente te das cuenta de que no estás solo. Y algunas de esas personas que prometieron no irse nunca se volaron como hojas en el viento. Sin embargo otras que quizás nunca firmaron un contrato eterno sellan cada día su presencia incondicional con el guiño de un ojo o apoyando una mano en nuestro hombro. Es gente que está porque tiene que estar. No conciben otra cosa porque su mejor manera de emplear el tiempo es compartiendo contigo. Eso es bonito, a mí realmente me lo parece. Cuando alguien te regala sus horas sin sentir que están pasando, a sabiendas de que lo que ocurre se va y se aloja, con suerte, a buen recaudo en la memoria. El momento es vuestro y eso es lo único que importa.

Eso te hace sentir bien. Todo lo bien que te puedes sentir cuando sabes que si alguien te comprende encadena una parte de tu ser. Porque entender es pararlo todo y ordenarlo congelado en tu cerebro dejando que corrientes eléctricas le den vida a esas instantáneas. Pero son necesidades estrictas, tanto el ser entendido como el no serlo. Ya que sin duda sentirse ajeno a todo, a todos, convierte después la buena compañía en el mayor de los placeres.

Ahora que no estoy sola sé que nunca lo estuve. Ya no me cuesta respirar ni verter aceite sobre el pan para comérmelo con gusto. Y es que hoy he escuchado una frase estúpida que guardaba un profundo significado. Dicen que la gente es como el colesterol, está el bueno y el malo, como en las películas. El papel depende únicamente de las proteínas a las que se amarre. Así como nosotros podemos lograr que un momento sea el mejor o suponga el mayor de los suplicios sólo por la compañía a la que nos enganchemos. Y yo sólo me rodeo de los buenos.

Los secretos de la orilla

Siempre que veo el mar me paro en seco, como si esa masa de agua salada tuviese un poder sobrenatural sobre mí. Una fuerza tan estrepitosa como pausada que se hace con el diámetro entero de mi pupila y lo absorbe. Quizás sea porque allí, donde hay mar, se aprecia la Luna con una especial entereza y magia. O puede que el silencio, únicamente quebrantado por el romper de las olas, tenga una consistencia tan especial que logra acomodarse al ritmo de mis sentidos.

No sé qué pasa ni me planteo poder explicarlo, pero cuando observo la manta azul de sal siempre es como si lo hiciera por primera vez. El ir y venir, el incansable movimiento de esa maravilla, convierte los paseos y las personas en algo singular. La ida siempre es sobria y pausada, espiritual, cuidada. La vuelta, en mi caso, suele ir acompañada de alguna copa de más y alguna compañía de menos. Porque el mar hace extrañar a los que no pueden estar pero también logra que los compañeros de viaje de vuelta sean notas acompasadas con el momento. El mar es echar de menos y dudar y enamorarse.

Me pregunto qué pensaría esa enorme masa de agua si tuviera conciencia. Porque si algo está claro es que si Dios existe está hecho de vida así como la vida está hecha de agua. Qué pensaría la mente salada si me viera correr entre sus olas. No lo sé.

No sé - Creaciones Jawa

ATENCIÓN: Vertidos libertarios

Este año aprendí que dormir no era una necesidad vital sino que lo indispensable era soñar. Es por eso que en mis despertares nunca faltan cinco minutos para retozar sobre la sábana y encontrar cuál ha sido mi aventura nocturna por el subconsciente. En ese momento me siento al borde del precipicio entre “la realidad” y “mi realidad”, desde donde todo parece tan pequeño que las exclamaciones son comas y las letras resultan hormigas que desfilan formando una débil hilera. Cuando mis ojos entreabiertos visualizan un espectáculo pirotécnico de sensaciones tan únicas y dispares que prevalecen en el limbo de la autenticidad. Todas esas brisas de surrealismo y melancolía me ayudan a saber que todo, incluso lo que no existe, está en algún lugar de mi cabeza separado por un punto y aparte. Todos los besos que Julieta quiso darle a Romeo se hallan en algún rincón de la piel de su amado. Así como todos los errores de la humanidad se esconden en algún rincón de la historia.

Y soñar, o más allá de eso, reflexionar sobre los sueños, me alimenta para crecer y saber que lo imposible sólo existe si yo elijo poner fronteras a mi mente. Ahí está la llave para futuro, en los pequeños detalles y en la autodeterminación. En lamerse el alma a través de los sueños que nos vierten conocimiento, o lo que es lo mismo, nos atan a la sed de libertad.

La teoría de la práctica

Lo que empezó siendo el inocuo juego de unos ojos vivarachos que mordisqueaban los alrededores parpadeo a parpadeo y resultó ser la manera más liviana de descubrir los detalles únicos del mundo. El estudio de los trazos que delimitan al hombre en su corporeidad y del azar de las líneas que hacen de la vista el sentido más confuso. De todo eso me gustaría hablar ahora que todo ha terminado y ya no hay vuelta atrás.

Antes me perseguía la necesidad de ver para creer, de elucubrar y enjuiciar. La única opción era convertir la diana de sus ojos en el único frente de mi pupila para saber toda la verdad. Ahora que el mundo es reinado por escépticos yo torno a ser ascética y apenas me fío de lo que me puedan explicar racionalmente por medio de una experiencia visual, auditiva, táctil, o en último termino, sensitiva. Todo se encuentra regido bajo el espíritu que sé que existe porque es lo que me hace sentir viva. Todo, incluyendo al objeto más insignificante, está dotado del sentido que le da el hombre en su espiritualidad.

Precisamente por eso no me importa nada de lo que haya dicho, ni tampoco cómo su dedo ha logrado ponerme toda la piel de gallina con el mero hecho de acariciar mi nariz. Hablaría de su olor pero me siento sumida en la más profunda discapacidad para describirlo, huele a él. Pero, repito, que no importa, pues pese a ser humano le falta esa llama de fuego que despiden los que se mueren por vivir y sentir hasta lo escondido en el rincón más inhóspito. No desea lo imposible, no se pierde en lo complejo y no ama hasta romperse en pedazos. Mirarlo es ver una cáscara de nuez vacía, tejido muerto que podría estar observando días enteros, pero que ante la carencia de alma me resulta más que inútil, triste. Es, en teoría, un producto más de los insustanciales objetivos de la modernidad. En la práctica es un elemento del que deshacerse, que apaga mi vitalidad y levanta ampollas a mi entendimiento. En la práctica es una espina inerte clavada en mi corazón.

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Deshumanizando

Las extremidades del cuerpo pesan, a veces, más que un elefante profundamente dormido. Es en esos amaneceres en que el espejo resulta algo más trascendente que un elemento asiduo al baño frente al que poner muecas pintorescas. Al mirarse se ve en el brillo de los ojos un atedio, el enfado de la desgana. Cuando una se pregunta si tendrán que caerse todas las luces del cielo para ser capaz de desear y que ese deseo empape el fluido que empuja el cuerpo a comenzar un nuevo día.

Ese sentimiento de impotencia ante el presente que aprieta como una soga en el cuello, nos hace saber que somos humanos. El pensar por qué tendremos los pies sobre el mundo y si tendrá algún sentido cada inspiración de oxígeno. Somos humanos y el intrínseco existencialismo que nos persigue de vez en cuando es indigesto.

Quién es quién en el vagón de la humanidad, que continúa corriendo en círculos dentro de la pajarera. Muertos de sed y de hambre en el viaje en que siempre se aliña el corazón con unas pinceladas de tristeza. El camino al nuevo día donde la única vía para comernos el firmamento es aceptar nuestra condición y huír de ella, esperando a que vengan vientos mejores que nos empujen a alguna isla donde poder estar en la más venenosa y libre soledad.

Enjaulados

Los desalmados que vagan
por las calles y rompen las aceras
sólo con su paso,
se perdieron en la senda
de la contradicción.
Ardieron en el vertedero,
entre basura y ratas,
entre el sinsentido y la nada.

Los que sólo entienden
de miedo, de bocanadas
de fuego.
No saben sonreír
sin forzar la mueca,
que a duras penas
se mantiene en su gesto.

Las bestias que nunca verán la luz
más allá de las dunas,
ni tendrán el placer
de fundirse en un sueño.
Se hundirán en arenas movedizas,
no dormirán en la Luna
y siempre serán esclavos
de los terremotos nihilistas
que surgieron en su enjaulado caminar.

Tango de tres

Lo impensable y enrevesado
del amanecer.
Los bucólicos ruiseñores
volando contra la corriente
que desprenden el Sol y Luna
bailando tango.

Y el horizonte, insumiso,
rapta sus cuerpos
lentamente.
Hacia el todo sustentado
por la nada, al filo de tus ojos.

El rey lagarto frota su piel
revestida de escamas
y delinea el horizonte
con los trazos que esbozan sus huellas.
Y vierte lágrimas saladas,
formando el punto de intersección
entre la alegría y la desgracia
de que hoy sea ayer.

Entre tanto quehacer
pasa el tiempo, sin querer,
y yo sentadita sobre el pliegue de mi falda
pensando en lo que siempre falta,
en lo que tanto duele,
mientras el día y la noche bailan.

Esperanza

A menudo se caen los pétalos marchitos de las flores, a cámara lenta, dubitativos. Y una se pregunta cuándo dejará de llover en Madrid, si la primavera no ha sido ya lo bastante caldosa. Y si la generación de la caída del Muro de Berlín verá cómo se vienen abajo el resto de paredes y fronteras que separan a los hombres del entendimiento mutuo.

Después de cuatro meses que bien podían haber sido casi cuatro años lloviendo, una espera conocer a Aureliano Buendía, a José Arcadio y a Úrsula. Y aprende que cien años de soledad caben en setecientas cincuenta y seis páginas. Se da cuenta de que el deseo de que todo lo malo se quede en un sobresalto o en una anécdota se hace necesidad. Y lo bueno nos arropa en esa esperanza que, como un ave con el ala dañada, nunca termina de echar a volar.

Ahora más que nunca una sabe de la tómbola de la vida, el sorteo que te regala un hijo sano, una enfermedad incurable, un instante que te hace vibrar de emoción. Y, aunque nada valga sin esfuerzo, la probabilidad de coger el boleto premiado existe. Como también tienen cabida en la incansable rotación del día y la noche todas las preguntas que Jael sigue guardando en sus adentros.

En la primavera interminable las flores siempre están tiernas y los frutos esperan su turno para aparecer en escena y alimentar nuestras bocas animales. Las mismas bocas que hablan del quehacer de ayer, hoy y mañana, mientras sus cuerpos continúan congelados ante el impasible galopar del tiempo. Entre tanta diversidad de frutos y bocas Dios ha muerto, hay quien habla con Cristo y alguno que tiene por religión el carpe diem desvirtuado por la sociedad del consumo.

Así que, esperando a que se difuminen las borrascas, nunca está de más recordar que no somos nadie. Nunca seremos nadie mientras existan muros con prejuicios escritos a los que sujetarnos. Nunca seremos nadie mientras haya un solo hombre que no ayude a curar el ala del ave de la esperanza para que remonte su (nuestro) vuelo.

Abrazo - Creaciones Jawa

Con mucho gusto

Me gustan las palabras que vagan desorientadas por los aires. Como bombas de miel, como soplos de hielo, se quedan reticentes en los vientos. Y la sarcástica sonrisa a medio torcer de la luna en el cielo, y las incontables gotas de luz que iluminan con desgana desde otros mundos.

Me gusta el mar, sus olas y los vaivenes de la marea, el arte por el arte, la sublevación de la naturaleza a lo estático. Todo ello concentrado en un grano de sal sobre mi lengua, que se deshace mientras una ínfima corriente eléctrica recorre mi cerebro y la saliva invade lentamente mi boca. Y jamás pensar en la explicación del truco de magia, porque la magia es magia y nada más.

Me gusta perderme en los laberintos del tiempo, saltar de hoy a mañana pasando por ayer. Ver cómo doy forma a mi antojo a los segundos y ver cómo enloquece el cuco del reloj, para descifrar los enigmas que esconden los momentos.

Me gusta tanto vivir sin buscar el sentido que, al final, es él quien viene a por mí.