Al otro lado

Siempre que me decido a dar el paso y voy a cruzar la calle los semáforos se ponen en rojo. Las veletas se paran y no puedo, si quiera, dejarme llevar por el viento. Y me pregunto si la vida y yo estaremos condenadas a entendernos. O si en cambio las piezas que la conforman nunca dejarán de girar en sentido contrario entre sí. Me gustaría poder cubrirme de madera y ser un árbol, vestirme de fiesta y ser carnaval, cubrirme de escarcha y ser un iglú que dé cobijo a esos esquimales que se besaban, tímidos, cuando yo pensaba en Dorian Gray. Pero en lugar de eso me tocó sujetar una calavera en la mano y ser el Hamlet que nunca tuvo una muerte que vengar.

Aunque, pase lo que pase, hay algo que me empuja a cruzar, incluso en rojo, al otro lado de la calle. Intuyendo el lugar al que me encamino. Imaginando que quizás algún día me agradezca haber cambiado de rumbo. Y es que este cruce, pese a que suela hacerlo sin convicción, siempre me sirve para apegarme un poco más a los sueños. Porque hay algo más al otro lado, otros mensajes escritos en paredes y las miradas de otros apuntando a horizontes distintos. Creo que al otro lado quedan luces nuevas y vírgenes que perseguir hasta quemarse con ellas.

Y es que nunca sé de dónde vengo ni a dónde me dirijo. Pero si de algo estoy segura es de que todos debemos cruzar, al menos de vez en cuando, al otro lado. Tenemos que ser extranjeros, vivir otras vidas para sentir lo más solitario y llenar el saco de la curiosidad. ¿Quién sabe qué hay al otro lado?

Al cruzar siempre me encuentro con tu certeza, con mis dudas. Porque cuando respondo con un no sé, tú contraatacas con un ya sabes. Y me encanta.

Los versos tristes

Cuando me busco a mí misma
entre la cabeza y las faldas
siempre me quedo de espaldas,
mirando a la pared.
Entonces me gustaría saber
si andando a gatas,
como un bebé,
pudiera hallar los rastros
y comerme las migajas
de lo que quise ser.

No me queda nada,
ni tiempo, ni calma.

¿Quién soy?
La de pupilas opacas.
La que siempre tiene
los ojos cerrados,
el corazón trillado
y lleno de marcas.

No me queda nada.

Atomizando

Del inefable choque de las partículas surge la controversia, que hoy más que nunca se convierte en el personaje principal de la obra. Sobre tu piel queda, aún en tiempos difíciles, electricidad estática que consigue alborotarse tras la nota más melancólica del saxo que suena en directo cada noche para los viandantes de la calle Calamidad.

Retumba en mis retinas su asimetría y en mis oídos la frescura de su desentonado sonar. El reflejo de los espejos se ha largado y sólo quedan unas cenizas agotadas. Sólo quedan unas copas más y el saxo. Pero quién soy yo para juzgar a lo que se marcha por la otra acera con el goteo del tiempo. No quiero saberlo.

En la calle me sumerjo en la explosión de caras, andares, y escenas que, por uno u otro motivo, deberían formar parte de alguna película enigmática. Así como busco en lo más cotidiano la belleza y la excentricidad. En la calle uno puede ser y conocer. Uno tiene la oportunidad de de perderse entre la multitud. Pero para poder absorber cosas nuevas se deben tener los cinco sentidos a todo gas. Y pedir más madera, si fuera necesario, para deshacerse entre el medio.

Cuando se enfada la tormenta y la calle se sume en el caos. Paraguas, charcos, salpicones, truenos, rayos y gotas que caen como dardos endiablados. Eso es. Porque aquí cuando llueve, llueve de verdad. Entonces, ya no lo admiro sino que lo idolatro. El del saxo se sube a mi pedestal. Sigue tocando bajo el respiro que le ofrece un balcón sobresaliente de la fachada. Entonces la química me ronronea como un gatito. Me inspira. Y lo entiendo todo.

Hoy nos vamos de lunas

Hoy la Luna se acostó dolorida
porque después de la estampida
de besos
no quedaba más que una ternura
reticente en el oxígeno.
El punzante recuerdo que se va,
como la dañina picadura
de un escorpión del desierto.

No quedaba más que frío
y niebla y vaho.
Teniendo el trabajo acabado
no hay ya más opción
que construir una vez más,
antes de que fluya el rocío,
algo sobre la estrellita de la novedad.
Algo tierno y efímero
para que mañana en la noche
la Luna pueda volver a amar.

lunas - creaciones jawa