Siempre que me decido a dar el paso y voy a cruzar la calle los semáforos se ponen en rojo. Las veletas se paran y no puedo, si quiera, dejarme llevar por el viento. Y me pregunto si la vida y yo estaremos condenadas a entendernos. O si en cambio las piezas que la conforman nunca dejarán de girar en sentido contrario entre sí. Me gustaría poder cubrirme de madera y ser un árbol, vestirme de fiesta y ser carnaval, cubrirme de escarcha y ser un iglú que dé cobijo a esos esquimales que se besaban, tímidos, cuando yo pensaba en Dorian Gray. Pero en lugar de eso me tocó sujetar una calavera en la mano y ser el Hamlet que nunca tuvo una muerte que vengar.
Aunque, pase lo que pase, hay algo que me empuja a cruzar, incluso en rojo, al otro lado de la calle. Intuyendo el lugar al que me encamino. Imaginando que quizás algún día me agradezca haber cambiado de rumbo. Y es que este cruce, pese a que suela hacerlo sin convicción, siempre me sirve para apegarme un poco más a los sueños. Porque hay algo más al otro lado, otros mensajes escritos en paredes y las miradas de otros apuntando a horizontes distintos. Creo que al otro lado quedan luces nuevas y vírgenes que perseguir hasta quemarse con ellas.
Y es que nunca sé de dónde vengo ni a dónde me dirijo. Pero si de algo estoy segura es de que todos debemos cruzar, al menos de vez en cuando, al otro lado. Tenemos que ser extranjeros, vivir otras vidas para sentir lo más solitario y llenar el saco de la curiosidad. ¿Quién sabe qué hay al otro lado?
Al cruzar siempre me encuentro con tu certeza, con mis dudas. Porque cuando respondo con un no sé, tú contraatacas con un ya sabes. Y me encanta.







