Según los ojos que lo miren

De repente te das cuenta de que no estás solo. Y algunas de esas personas que prometieron no irse nunca se volaron como hojas en el viento. Sin embargo otras que quizás nunca firmaron un contrato eterno sellan cada día su presencia incondicional con el guiño de un ojo o apoyando una mano en nuestro hombro. Es gente que está porque tiene que estar. No conciben otra cosa porque su mejor manera de emplear el tiempo es compartiendo contigo. Eso es bonito, a mí realmente me lo parece. Cuando alguien te regala sus horas sin sentir que están pasando, a sabiendas de que lo que ocurre se va y se aloja, con suerte, a buen recaudo en la memoria. El momento es vuestro y eso es lo único que importa.

Eso te hace sentir bien. Todo lo bien que te puedes sentir cuando sabes que si alguien te comprende encadena una parte de tu ser. Porque entender es pararlo todo y ordenarlo congelado en tu cerebro dejando que corrientes eléctricas le den vida a esas instantáneas. Pero son necesidades estrictas, tanto el ser entendido como el no serlo. Ya que sin duda sentirse ajeno a todo, a todos, convierte después la buena compañía en el mayor de los placeres.

Ahora que no estoy sola sé que nunca lo estuve. Ya no me cuesta respirar ni verter aceite sobre el pan para comérmelo con gusto. Y es que hoy he escuchado una frase estúpida que guardaba un profundo significado. Dicen que la gente es como el colesterol, está el bueno y el malo, como en las películas. El papel depende únicamente de las proteínas a las que se amarre. Así como nosotros podemos lograr que un momento sea el mejor o suponga el mayor de los suplicios sólo por la compañía a la que nos enganchemos. Y yo sólo me rodeo de los buenos.

Los secretos de la orilla

Siempre que veo el mar me paro en seco, como si esa masa de agua salada tuviese un poder sobrenatural sobre mí. Una fuerza tan estrepitosa como pausada que se hace con el diámetro entero de mi pupila y lo absorbe. Quizás sea porque allí, donde hay mar, se aprecia la Luna con una especial entereza y magia. O puede que el silencio, únicamente quebrantado por el romper de las olas, tenga una consistencia tan especial que logra acomodarse al ritmo de mis sentidos.

No sé qué pasa ni me planteo poder explicarlo, pero cuando observo la manta azul de sal siempre es como si lo hiciera por primera vez. El ir y venir, el incansable movimiento de esa maravilla, convierte los paseos y las personas en algo singular. La ida siempre es sobria y pausada, espiritual, cuidada. La vuelta, en mi caso, suele ir acompañada de alguna copa de más y alguna compañía de menos. Porque el mar hace extrañar a los que no pueden estar pero también logra que los compañeros de viaje de vuelta sean notas acompasadas con el momento. El mar es echar de menos y dudar y enamorarse.

Me pregunto qué pensaría esa enorme masa de agua si tuviera conciencia. Porque si algo está claro es que si Dios existe está hecho de vida así como la vida está hecha de agua. Qué pensaría la mente salada si me viera correr entre sus olas. No lo sé.

No sé - Creaciones Jawa