ATENCIÓN: Vertidos libertarios

Este año aprendí que dormir no era una necesidad vital sino que lo indispensable era soñar. Es por eso que en mis despertares nunca faltan cinco minutos para retozar sobre la sábana y encontrar cuál ha sido mi aventura nocturna por el subconsciente. En ese momento me siento al borde del precipicio entre “la realidad” y “mi realidad”, desde donde todo parece tan pequeño que las exclamaciones son comas y las letras resultan hormigas que desfilan formando una débil hilera. Cuando mis ojos entreabiertos visualizan un espectáculo pirotécnico de sensaciones tan únicas y dispares que prevalecen en el limbo de la autenticidad. Todas esas brisas de surrealismo y melancolía me ayudan a saber que todo, incluso lo que no existe, está en algún lugar de mi cabeza separado por un punto y aparte. Todos los besos que Julieta quiso darle a Romeo se hallan en algún rincón de la piel de su amado. Así como todos los errores de la humanidad se esconden en algún rincón de la historia.

Y soñar, o más allá de eso, reflexionar sobre los sueños, me alimenta para crecer y saber que lo imposible sólo existe si yo elijo poner fronteras a mi mente. Ahí está la llave para futuro, en los pequeños detalles y en la autodeterminación. En lamerse el alma a través de los sueños que nos vierten conocimiento, o lo que es lo mismo, nos atan a la sed de libertad.

La teoría de la práctica

Lo que empezó siendo el inocuo juego de unos ojos vivarachos que mordisqueaban los alrededores parpadeo a parpadeo y resultó ser la manera más liviana de descubrir los detalles únicos del mundo. El estudio de los trazos que delimitan al hombre en su corporeidad y del azar de las líneas que hacen de la vista el sentido más confuso. De todo eso me gustaría hablar ahora que todo ha terminado y ya no hay vuelta atrás.

Antes me perseguía la necesidad de ver para creer, de elucubrar y enjuiciar. La única opción era convertir la diana de sus ojos en el único frente de mi pupila para saber toda la verdad. Ahora que el mundo es reinado por escépticos yo torno a ser ascética y apenas me fío de lo que me puedan explicar racionalmente por medio de una experiencia visual, auditiva, táctil, o en último termino, sensitiva. Todo se encuentra regido bajo el espíritu que sé que existe porque es lo que me hace sentir viva. Todo, incluyendo al objeto más insignificante, está dotado del sentido que le da el hombre en su espiritualidad.

Precisamente por eso no me importa nada de lo que haya dicho, ni tampoco cómo su dedo ha logrado ponerme toda la piel de gallina con el mero hecho de acariciar mi nariz. Hablaría de su olor pero me siento sumida en la más profunda discapacidad para describirlo, huele a él. Pero, repito, que no importa, pues pese a ser humano le falta esa llama de fuego que despiden los que se mueren por vivir y sentir hasta lo escondido en el rincón más inhóspito. No desea lo imposible, no se pierde en lo complejo y no ama hasta romperse en pedazos. Mirarlo es ver una cáscara de nuez vacía, tejido muerto que podría estar observando días enteros, pero que ante la carencia de alma me resulta más que inútil, triste. Es, en teoría, un producto más de los insustanciales objetivos de la modernidad. En la práctica es un elemento del que deshacerse, que apaga mi vitalidad y levanta ampollas a mi entendimiento. En la práctica es una espina inerte clavada en mi corazón.

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Deshumanizando

Las extremidades del cuerpo pesan, a veces, más que un elefante profundamente dormido. Es en esos amaneceres en que el espejo resulta algo más trascendente que un elemento asiduo al baño frente al que poner muecas pintorescas. Al mirarse se ve en el brillo de los ojos un atedio, el enfado de la desgana. Cuando una se pregunta si tendrán que caerse todas las luces del cielo para ser capaz de desear y que ese deseo empape el fluido que empuja el cuerpo a comenzar un nuevo día.

Ese sentimiento de impotencia ante el presente que aprieta como una soga en el cuello, nos hace saber que somos humanos. El pensar por qué tendremos los pies sobre el mundo y si tendrá algún sentido cada inspiración de oxígeno. Somos humanos y el intrínseco existencialismo que nos persigue de vez en cuando es indigesto.

Quién es quién en el vagón de la humanidad, que continúa corriendo en círculos dentro de la pajarera. Muertos de sed y de hambre en el viaje en que siempre se aliña el corazón con unas pinceladas de tristeza. El camino al nuevo día donde la única vía para comernos el firmamento es aceptar nuestra condición y huír de ella, esperando a que vengan vientos mejores que nos empujen a alguna isla donde poder estar en la más venenosa y libre soledad.

Enjaulados

Los desalmados que vagan
por las calles y rompen las aceras
sólo con su paso,
se perdieron en la senda
de la contradicción.
Ardieron en el vertedero,
entre basura y ratas,
entre el sinsentido y la nada.

Los que sólo entienden
de miedo, de bocanadas
de fuego.
No saben sonreír
sin forzar la mueca,
que a duras penas
se mantiene en su gesto.

Las bestias que nunca verán la luz
más allá de las dunas,
ni tendrán el placer
de fundirse en un sueño.
Se hundirán en arenas movedizas,
no dormirán en la Luna
y siempre serán esclavos
de los terremotos nihilistas
que surgieron en su enjaulado caminar.