Esperanza

A menudo se caen los pétalos marchitos de las flores, a cámara lenta, dubitativos. Y una se pregunta cuándo dejará de llover en Madrid, si la primavera no ha sido ya lo bastante caldosa. Y si la generación de la caída del Muro de Berlín verá cómo se vienen abajo el resto de paredes y fronteras que separan a los hombres del entendimiento mutuo.

Después de cuatro meses que bien podían haber sido casi cuatro años lloviendo, una espera conocer a Aureliano Buendía, a José Arcadio y a Úrsula. Y aprende que cien años de soledad caben en setecientas cincuenta y seis páginas. Se da cuenta de que el deseo de que todo lo malo se quede en un sobresalto o en una anécdota se hace necesidad. Y lo bueno nos arropa en esa esperanza que, como un ave con el ala dañada, nunca termina de echar a volar.

Ahora más que nunca una sabe de la tómbola de la vida, el sorteo que te regala un hijo sano, una enfermedad incurable, un instante que te hace vibrar de emoción. Y, aunque nada valga sin esfuerzo, la probabilidad de coger el boleto premiado existe. Como también tienen cabida en la incansable rotación del día y la noche todas las preguntas que Jael sigue guardando en sus adentros.

En la primavera interminable las flores siempre están tiernas y los frutos esperan su turno para aparecer en escena y alimentar nuestras bocas animales. Las mismas bocas que hablan del quehacer de ayer, hoy y mañana, mientras sus cuerpos continúan congelados ante el impasible galopar del tiempo. Entre tanta diversidad de frutos y bocas Dios ha muerto, hay quien habla con Cristo y alguno que tiene por religión el carpe diem desvirtuado por la sociedad del consumo.

Así que, esperando a que se difuminen las borrascas, nunca está de más recordar que no somos nadie. Nunca seremos nadie mientras existan muros con prejuicios escritos a los que sujetarnos. Nunca seremos nadie mientras haya un solo hombre que no ayude a curar el ala del ave de la esperanza para que remonte su (nuestro) vuelo.

Abrazo - Creaciones Jawa

Con mucho gusto

Me gustan las palabras que vagan desorientadas por los aires. Como bombas de miel, como soplos de hielo, se quedan reticentes en los vientos. Y la sarcástica sonrisa a medio torcer de la luna en el cielo, y las incontables gotas de luz que iluminan con desgana desde otros mundos.

Me gusta el mar, sus olas y los vaivenes de la marea, el arte por el arte, la sublevación de la naturaleza a lo estático. Todo ello concentrado en un grano de sal sobre mi lengua, que se deshace mientras una ínfima corriente eléctrica recorre mi cerebro y la saliva invade lentamente mi boca. Y jamás pensar en la explicación del truco de magia, porque la magia es magia y nada más.

Me gusta perderme en los laberintos del tiempo, saltar de hoy a mañana pasando por ayer. Ver cómo doy forma a mi antojo a los segundos y ver cómo enloquece el cuco del reloj, para descifrar los enigmas que esconden los momentos.

Me gusta tanto vivir sin buscar el sentido que, al final, es él quien viene a por mí.