Este banco está ocupado

Sentados en un banco, muriendo por besarnos. Desde aquí se ve la respuesta a todos los enigmas. Qué irónica es la vida cuando miramos al infinito, a ese cielo ininterrumpido que nos rodea. Cuando no buscamos el infinito en la mirada del otro, sino en aquel lugar donde se apagan poco a poco las estrellas.

Me harían falta un par de hojas de la planta de la cocaína para masticar. Y, repito, hojas para morder, que no cuchillas blancas clavadas en el tabique de mi nariz. Al estilo de los caciques colombianos, de los que tanto me habló aquel pintor que conocí cuando escribí un libro sobre peregrinar a la Meca. El único libro que he sido capaz de leerme veintitrés veces y media y he encontrado fallos en él. Sí, veintitrés veces y media, porque la última vez que intenté leerlo, en un instante de rabia, lancé el libro a la chimenea y ardió.

Pasando página llegué a este banco. Qué irónico es el infinito cuando lo miro pensando en mi vida. Cuando tú estás sentado a dieciséis centímetros de mí y sé que te encuentras en tu décima reflexión sobre el infinito. Siempre rasgando el diez con los decimales del nueve.

Perdidos en las constelaciones, buscando otro planeta para escapar de la presión de la atmósfera. En Urano, pensando que somos el séptimo pecado capital. De aquí al cielo nos queda mucho camino, tenemos que cambiarlo todo para poder llegar allí. Empezamos por cambiar la perspectiva, lo primero es buscar el infinito en los ojos del otro. Después, encontrar la puerta que nos saque de esta jaula para pájaros. Y volar a Urano, o al infierno. Qué más da a dónde se vaya si es volando.

Sobre el respaldo del banco - Creaciones Jawa

Tu nombre

Las cenizas no se queman. Son sólo eso, cenizas. Y de nada vale guardarlas entre las manos porque el aire decide llevárselas de un soplido.

Los viejos leen sentados en bancos el periódico y charlan. “Qué mal va el país, cuánta desgracia” son los comentarios más repetidos. Aquí como en Bogotá, Colonia o Moscú. Mientras miles de fuegos arrasan todo y los niños juegan ajenos a la soberbia de la vida moderna.

Cientos de datos, cifras y estadísticas en papeles y en boca de los todopoderosos. Dios callado, la Virgen inmóvil en los altares y los Santos presidiendo fiestas de pueblos colmados de borrachos. Sonrían para la foto, ésta es la evolución.

Volvamos a las cenizas, a los productos obtenidos tras la combustión. Hallemos la entropía de la reacción: nos da positiva, el desorden aumenta. Y después el aire sopla, y el poco orden que queda amontonado entre las manos se deshace en su trayecto hacia cualquier lugar.

Cualquier lugar, como éste, un despampanante olor a playa, calor y afrodisíacos. Entre dos mares plateros de sal. Las luces tenues iluminando débilmente los botones de la blusa de la bailarina encerrada en una caja de música. La luna flotando pomposa en el cielo. Todo lo demás ingrávido.

Te anhelo como Luís Cernuda afanaba el amor y el olvido. Estás en todas las canciones, entre acordes me robas a golpe de suspiro. Eres desesperante.

Sin embargo, ¿qué importa si todo se pone al revés? Si la luna baila en una caja y la bailarina flota pomposa en el cielo, si dejas la ventana abierta, qué importa.
Pero las luces tenues iluminan débilmente los botones de la blusa de la bailarina encerrada en una caja de música. Los viejos leen sus periódicos, miles de fuegos arrasan todo mientras los niños continúan ajenos a la soberbia de la vida moderna. Todo está en su sitio.

Y en un istmo encerrado entre dos mares, justamente aquí y ahora, se acerca un huracán que tartamudea tu nombre.

Compadre

Tu gesto sereno y los negros flecos de tus párpados, siempre a medio abrir, no me impidieron ver que guardabas maravillas en pequeños frascos. El constante Realismo mágico de tus palabras, las selvas de tus cuentos, la libertad de tu horizonte, que siempre desentonó con tu flaqueado aspecto.

Pero, compadre, dicen que no estás hecho para la revolución. Tú, cubierto de hielo, sólo te derrites cuando te ves sumergido en aguardiente. Cuentan que tampoco te alientan las flores que tapan los fusiles para que no sean disparados. Y sin embargo, lo sé. Sé que tus ojos esconden un ave que se muere por volar.

Tan sólo es desconfianza, pánico a todo lo que no será. No sabes nada, compadre. Me gustaría enseñarte el mundo entero. Pero tú, con tu gesto sereno y tus ojillos mirando a la libertad de tu horizonte, no ves lo que está tras de ti. Tu sombra y la mía bailando.

Y ahora que lo entiendo todo pido a nuestras sombras que no dejen de bailar, aunque no suene rock’n’roll de fondo. Aunque no estés hecho para la revolución, pese a que estés cubierto de hielo, me quedan muchas botellas de aguardiente. Me quedan muchas palabras, mil latidos y todas las balas por disparar.

Compadre, me queda tiempo para esperarte.

Niña - Creaciones Jawa

Burbuja

Todos los que no me imaginan soplando el veneno de mis manos y alejándolo de mí, todos esos, no saben nada. Y tampoco es que me importe lo que piensen las estrellas que conforman el mosaico del cielo. Ni tampoco las habladurías de los flautistas que se llevan las ratas de esta ciudad. La única profecía que auguro y aguardo es la de la calma absoluta.

El rocío está sobre mis labios cuando duermo a la intemperie y el invierno se deja engañar por un sol caprichoso. En estas noches, en que la naturaleza me sumerge en su burbuja sideral, poco más que el canto de los grillos se deja caer por mi cuerpo.

No necesito una mano a la que aferrarme porque la hierba me guarda entre sus magros pero salvajes brazos. Aquí soy recuerdos, amapolas y esperanzas. Surco cada hoja, estudio los troncos de los árboles y entonces comienza la charla con el silencio. Nunca me contesta, pero prometo que nuestra comprensión es dulce y liviana. Él calla y yo sonrío extasiada. Somos dos enamorados en la más profunda pasión.

Por la noche me gusta su medio camino entre la sonrisa y la lágrima, descomponer la luz blanca, los semáforos en ámbar y mirar cómo todo es tan pequeño. De no ser por él no sabría que mientras el arco-iris sustente todo lo que tengo y yo quiera hacerlo, me da tiempo a sentir un rato más.

En sus manos - Creaciones Jawa

Tan sólo mi respiración

En un jardín de jazmines
jadeo en mi línea vertical.
Estoy volando.

Después la mar entera
esputa sobre mí.
Me estoy ahogando.

Y nada más, sólo yo.
Sola yo.
Tan sólo mi respiración.

En un jardín de mares
sobre la línea ahogada,
fatigada e inflamable,
serena y deleznable
se pierde mi mirada.

Después abro los ojos,
sin jazmines ni jadeos
a mi alrededor.

Ésta es mi armonía
y nada más, sólo yo.
Sola yo.
Tan sólo mi respiración.

Volando - Creaciones Jawa