Sentados en un banco, muriendo por besarnos. Desde aquí se ve la respuesta a todos los enigmas. Qué irónica es la vida cuando miramos al infinito, a ese cielo ininterrumpido que nos rodea. Cuando no buscamos el infinito en la mirada del otro, sino en aquel lugar donde se apagan poco a poco las estrellas.
Me harían falta un par de hojas de la planta de la cocaína para masticar. Y, repito, hojas para morder, que no cuchillas blancas clavadas en el tabique de mi nariz. Al estilo de los caciques colombianos, de los que tanto me habló aquel pintor que conocí cuando escribí un libro sobre peregrinar a la Meca. El único libro que he sido capaz de leerme veintitrés veces y media y he encontrado fallos en él. Sí, veintitrés veces y media, porque la última vez que intenté leerlo, en un instante de rabia, lancé el libro a la chimenea y ardió.
Pasando página llegué a este banco. Qué irónico es el infinito cuando lo miro pensando en mi vida. Cuando tú estás sentado a dieciséis centímetros de mí y sé que te encuentras en tu décima reflexión sobre el infinito. Siempre rasgando el diez con los decimales del nueve.
Perdidos en las constelaciones, buscando otro planeta para escapar de la presión de la atmósfera. En Urano, pensando que somos el séptimo pecado capital. De aquí al cielo nos queda mucho camino, tenemos que cambiarlo todo para poder llegar allí. Empezamos por cambiar la perspectiva, lo primero es buscar el infinito en los ojos del otro. Después, encontrar la puerta que nos saque de esta jaula para pájaros. Y volar a Urano, o al infierno. Qué más da a dónde se vaya si es volando.










