Nada

Me encantaría que Santo Tomás hubiera logrado convencerme de que Dios existe. Aunque tras mucho tiempo sé que nada es real y nada conseguirá hacerme pensar lo contrario. Nada.

Y dar golpes a una pared no sirve para hacerme ganar la escaramuza. Porque no existe nada que consiga turbar mi paz. Nada.

No siento cansancio, ni pena. No me duelen ni me sangran las yagas que no están. No necesito fingir que esto está pasando. No quiero ponerme el disfraz de buena servidora para el Apocalipsis que no va a llegar. Y el escalofrío que me consterna se va como todo lo que viene, como todo lo que parece ser y no es nada.

En el laberinto de todo lo que no es real nada trasciende mis latidos. Ni siquiera existe este laberinto. Ni siquiera existen mis palabras ni la música que me amansa. Nada existe, ni tan siquiera la nada.

En la calle

Do, re, mi, fa, Sol,
ilumina la calle del fracaso
y el violinista sale a escena.
Entonces, huyendo, tomo un atajo.
Dios se cae del cielo,
el terremoto llega fiero
y yo grito: ¡Soy el caos!.

Que conmigo no cuente,
yo hace tiempo que no estoy viva,
hace tiempo que no estoy muerta.
Sola en mi ausencia indiferente.
En la calle soy una esclava más,
aquí podéis ver mi estigma
y mis cadenas candentes.

Apenas queda agua en las fuentes
que me refresque y me cure.
El violinista se ha ido,
Dios ha elegido a su virgen
y yo, en la calle, te olvido.

La Buena - Creaciones Jawa

Menos mal

Menos mal que tenemos los poros de la piel inmersos en rabia y los pelos erizados. El corazón a mil por hora y la adrenalina royéndonos las venas. Menos mal que la música nunca se desgasta mientras nosotros nos destruimos.

Y que cuando respiramos la polución nos sentimos vivos en esta preciosa ciudad. Mientras que esos átomos nos intoxican y nos matan, nos hacen odiar esto. Odiarlo tanto que quisiéramos destrozar los peldaños que nos hacen subir hasta el abismo.

Menos mal que no entendemos nada cuando nuestras sombras se han despegado del cuerpo, cansadas de barrer el rastro de la duda. Y aunque no atinamos a introducir el hilo en la aguja y pese a que tengamos yagas de tanto coser, esto merece la pena.

Menos mal que somos de letras y para nosotros uno y uno es igual a todo.

Lagartos - Creaciones Jawa

Inmóvil

Cuando poso mis pies en el suelo,
cuando todo se encuentra inmóvil
y la realidad se vuelve dócil
a lo que mi alma precise.
Entonces sé que existo;
salgo de entre los escombros,
me visto con plumaje de cisne
y escapo de tus ojos sombríos.

Si me encuentro helada de frío
por ver tanta miseria y destrucción
me siento a ver el ocaso del sol.
Mientras él se deja robar
la vida a golpe de desdén,
es cuando sólo deseo
que me ciegue el algodón de las nubes.

Cuando sé que nada me aturde,
ni el ayer, ni el mañana, ni el quizás.
Cuando poso mis pies en el suelo,
cuando todo se encuentra inmóvil
y tú hace tiempo que no estás,
me arranco el plumaje de invierno
y espero a que te broten primaveras.

Cisne - Creaciones Jawa

El pacto

Hemos firmado un pacto de mutua tristeza. Yo le prometí no volver a leer entre líneas, ni volver a dejarme llevar por la espiral. Me pidió que le dejase el horizonte entero y me llevase mis nubes negras. Aprendimos juntos que eso de que nunca es tarde es la gran mentira de la vida. Y ahora, cada uno en su rincón, estamos castigados a mirar una pared a la que le sobra opacidad.

Lo reconozco, la culpa es mía, sólo mía, por perderme en la sabia maldad que esconden los estrambotes de Quevedo. Reconozco que nunca creí que estos días fueran a ser tan largos y tan vacíos que al final me pesasen como una mochila cargada de hormigón.

“¿Y los pájaros, el viento, las libertades y los aromas de que siempre hablas?”. Esa es la pregunta que más he escuchado en los últimos días. Ojalá supiera dónde están. Pero me he quedado pequeñita y acurrucada en la cama sin afán alguno de encontrarlos.

Me encantaría sonreír, pero no me apetece.

Flor de enero - Jawa

El hechizo del sinsentido

Con la navaja de doble filo
corté con cautela los restos
del naufragio de nuestros besos.
Y con los trozos me hice un rosario.

Llegaban los gritos a Vigo
desde la celda del calvario.
Se oía el retintín de las campanas
fatigadas de tanto cantar.
Y una vez extendidas las persianas,
la noche pedía respeto.

Salí con mis perros sabuesos
a buscar a mi lobo estepario,
mal, tarde y nunca encontré el diario
escrito en la tumba de sus huesos.
Con todas las flechas en la diana,
el juego de indios y vaqueros
se daba por terminado
y todos te daban por muerto.

Ni el Prozac, ni el gurú y sus hechizos
harán que consiga olvidarme
de que el vicio por el sinsentido
nunca tendría que haber empezado.

Corazón - Creaciones Jawa

De Dorian y los ladrones

No me merezco esta libertad
ni el cajón que guarda mis secretos.
Si se funde otro día con la noche
entre copa, cigarro, cama y cuento.

No debí charlar tanto con Dorian Gray
en el asiento de atrás de un coche,
porque entre reproche y reproche
conseguí que volviera a estar cuerdo.

Y en la pecera de corales
se esconde el acordeón del tiempo,
se pone con cuidado la mortaja
por cubrirse de los vendavales.
En el otro lado del mundo
se besan tímidos los esquimales.
-Yo beso al ruiseñor que canta locura.
Él es prisionero de mi caja-.

Los médicos encuentran la cura
a la frágil sonrisa que se desgaja.
En el inframundo los ladrones bailan
y yo me hipnotizo con los reveses
que evitan retorciendo sus cinturas.

Falo - Creaciones Jawa

El antídoto que todo cura

Me preguntaron un día si conocía alguna pista acerca del antídoto que todo lo cura. Y yo muy desubicada no supe más que balbucear una respuesta ahogada de tanto oxígeno.

Quizás porque me di cuenta de que sólo podía contestar con otra pregunta: “¿Y sabe usted donde se encuentra el veneno que todo asola?”. Tan grande fue mi sorpresa al ver que según terminaba mi pregunta el transeúnte señalaba su sesera, que me quedé inmóvil durante unos segundos.

Aunque el caballero tuviera razón no conseguí entender cómo al indicarme la residencia del mal no pudo toparse, sin querer, también con la del bien. Así que sólo tuve la ocurrencia de señalarme el pecho, sugiriendo que ahí dentro había algo.

Y él insistió en preguntar que si poseía alguna pista sobe el antídoto que todo lo cura. Entonces yo totalmente absorta, y con el dedo aún señalando mi pecho, le pregunté: “¿Es que nunca le han roto el corazón?”. A lo que él contestó con una rotunda negativa.

De manera que estallé: “¿Y a cuántos hombres conoce que hayan sido derrotados por Goliat? Estoy segura de que a ninguno. En cambio, dígame, cuántos se dieron por vencidos por el simple hecho de no encontrar cerca una piedra para tirarle al dichoso gigante. No podríamos contarlos, señor. Así como no tenemos medios para calcular el número de ellos que lo vencieron por llevar un amuleto minúsculo o una ínfima esperanza. Entonces, pensemos, ¿no es muy a menudo el más pequeño de los males el veneno que todo asola? Y, para mayor índole, ¿no es siempre el más pequeño detalle el antídoto que todo lo cura? Está pues, todo aquí dentro, en la máquina que empuja la sangre. Así que deje de buscar y propague su antídoto por cada lugar que conquisten sus pasos”.

Mi ratonera

Les voy a contar la verdadera historia de lo que pasó anoche. Bueno, a lo mejor no es la historia auténtica, pero como la verdad es algo muy relativo he elegido la versión que más me gusta a mí:

Estábamos en mi cuarto y se trataba, sin duda alguna, del momento más emocionante que vivía en mucho tiempo. Le pedí su opinión sobre un cuadro colgado en mi pared. Lo había pintado yo misma años atrás, aunque no lo confesé.

“Bueno, no sé. Está torcido”, dijo con cara de circunstancia. “Además, qué más da si yo no entiendo de arte”, añadió desentendiéndose de la situación. Yo no le había pedido una crítica de arte, solamente quería una opinión humilde, humana.

Esa pintura es mi autorretrato, unos garabatos hechos de forma casi espasmódica. Un hermoso caos, pícaro y totalmente incomprensible para los que no tienen sangre en las venas. Es la máxima aspiración que puede alcanzar un objeto inanimado, el hacer sentir a lo vivo y dar sentido a lo inerte. Para mí esa habitación sin ese cuadro estaba vacía.

Tras ver que no era él un hombre de muchas palabras opté por mostrarle un poema escrito por mí, con la intención de que se muriera de curiosidad. Este poema, justamente:

Nos perdemos en las teclas del piano
tu mano y mi mano tocan, se tocan.
Todo lo que no entiendo
se desentiende de mí.
Arranco una flor, después sus pétalos.
Pétalo, Flor y Anhelo desembocan
en el océano de lo incierto.

Y su reacción fue más que esperable. La cabeza asentía y sus morros se torcían en forma de sonrisa. Mera aprobación, nada más. Y quizás con esto lo único que pasó anoche fue que me desenamoré un poco, pero eso en realidad no es una novedad.

Ya me lo dijo mi madre un día, que con los ratones sólo hay que hablar si son coloraos. Y a éste lo encontré en una ratonera que apestaba a puro y sombrero de copa, donde unos restos de carmín de alguna golfa fue lo único rojo que hallé.

Me planto

Nada, creo que nada está muy adentro
y después de otro año la nada es dolor.
Que viene y va, sube y baja el sabor
sin pena ni gloria; sin un féretro

Sin lugar donde caer muerta me encuentro.
Sin conocer nuestro sol y su calor.
Que me vuelve sin avisar el ardor
y me insinúa que tengo alma y cuerpo.

Quien quiera esta vida se la regalo,
quien quiera gritar a los cuatro vientos
que yo soy otra luna sin encanto.

Que a quien quiera quererme yo lo espanto.
Y si los días los cuentas por cientos,
tras haberlos destrozado, me planto.