Les voy a contar la verdadera historia de lo que pasó anoche. Bueno, a lo mejor no es la historia auténtica, pero como la verdad es algo muy relativo he elegido la versión que más me gusta a mí:
Estábamos en mi cuarto y se trataba, sin duda alguna, del momento más emocionante que vivía en mucho tiempo. Le pedí su opinión sobre un cuadro colgado en mi pared. Lo había pintado yo misma años atrás, aunque no lo confesé.
“Bueno, no sé. Está torcido”, dijo con cara de circunstancia. “Además, qué más da si yo no entiendo de arte”, añadió desentendiéndose de la situación. Yo no le había pedido una crítica de arte, solamente quería una opinión humilde, humana.
Esa pintura es mi autorretrato, unos garabatos hechos de forma casi espasmódica. Un hermoso caos, pícaro y totalmente incomprensible para los que no tienen sangre en las venas. Es la máxima aspiración que puede alcanzar un objeto inanimado, el hacer sentir a lo vivo y dar sentido a lo inerte. Para mí esa habitación sin ese cuadro estaba vacía.
Tras ver que no era él un hombre de muchas palabras opté por mostrarle un poema escrito por mí, con la intención de que se muriera de curiosidad. Este poema, justamente:
Nos perdemos en las teclas del piano
tu mano y mi mano tocan, se tocan.
Todo lo que no entiendo
se desentiende de mí.
Arranco una flor, después sus pétalos.
Pétalo, Flor y Anhelo desembocan
en el océano de lo incierto.
Y su reacción fue más que esperable. La cabeza asentía y sus morros se torcían en forma de sonrisa. Mera aprobación, nada más. Y quizás con esto lo único que pasó anoche fue que me desenamoré un poco, pero eso en realidad no es una novedad.
Ya me lo dijo mi madre un día, que con los ratones sólo hay que hablar si son coloraos. Y a éste lo encontré en una ratonera que apestaba a puro y sombrero de copa, donde unos restos de carmín de alguna golfa fue lo único rojo que hallé.