El tesoro

Siempre que viajo en metro me pregunto en qué estarán pensando esas caras con la mirada perdida que me acompañan en el vagón. Muchas de ellas están apagadas y eso me asusta muchísimo. No hay nada que me resulte más amenazante que el silencio corrupto por el chirriante sonido del tren en movimiento.

Quizás ellos también se estén preguntando en qué estoy pensando yo. Y la mitad de las veces no es nada serio o digno de ser contado, pero la otra mitad. ¡Ay ese resto de veces que viajo en metro! Si ustedes supieran… Pienso tanto que me parece que voy a estallar.

Hoy me ha pasado eso, lo de volver carcomida de tanto fundirme con mi conciencia. Pero también me ha sucedido lo de siempre cuando llego a casa. Me he encontrado con la chica que cada día me presta sus ojos para tener una visión transversal de lo propio. Esa señorita que sólo tiene una cosa más bonita y grande que sus ojos, su corazón.

No sé qué sería de mí sin ella. Ni siquiera quiero planteármelo. Ella es mi hermana y créanme, es el mayor de mis tesoros.

Mucho más que todo

Me he vuelto a enamorar. Ha sido el momento más intenso de mi vida. Él estaba tocando la harmónica en una calle cualquiera y yo he dejado de sentir frío. Sólo mis oídos estaban vivos, y lentamente sus notas se iban deslizando por mi piel y adentrándose hasta hacerme una yaga.

Y un enjambre de acordes me mordía y me besaba hasta que no he podido más. No sabía por qué pero ya no tenía prisa. Aquello era mucho más que algo sublime. Era mucho más que todo.

Quién me iba a decir que la perfección se escondía en una esquina de Madrid. Con la soledad de unas notas que sollozaban desamparadas. Y que mis sentidos las atraparían sin querer para siempre.

Quise darle todo, sin embargo sólo pude darle lo que supe: una moneda y mi corazón enlatado en la sonrisa más grande que jamás haya mostrado.

Bang, bang

Veo su sombra, gigante y difuminada, anquilosada y monstruosa. Es el odio discordante de su espíritu y la hastiada semilla de sus quimeras.

Es la altiva forma de mirar que tiene, lo que más me apesadumbra. Y el amor desgajado y el eterno manjar de daño que nos dábamos. En que todo era poco y ese poco demasiado. En que el consuelo era que aquello no estaba hecho para ser comprendido por mí.

Estamos los dos en la misma habitación, blanca, sin ventanas. Solos, en esquinas enfrentadas, convencidos de que es el único final posible. Y de repente dos disparos al unísono y luego silencio. Después más silencio. Más tarde, nada.

La diosa del cielo

Si probases lo rica que sabe la Luna creciente querrías más. Si intentaras mirar el mar y ver en él una sopa de estrellas, reflejo del cielo, sabrías cómo me siento. Pero se nos ha hecho tarde. Ahora estás a mil suspiros de aquí y ya no escuchas cuando mi respiración se agita. Y no te culpo, eres así y así me faltas.

Es lo de todos los días, el velo de alegría y el corazón hirviendo. Todo lo que nunca fuimos.

Cada vez me asusto más porque me importa menos. Porque son pura ceniza los ojos que un día fueron mi infierno. Porque entre bocado y bocado de Luna, que es mi agua de mayo, no preciso de nada más.

Es el Robin Hood del firmamento, que me acompaña y le roba luz al Sol para dar de comer a los pobres y a los que están solos. Porque, te contaré el secreto, ella sabe que no hay nada que indigeste más que la soledad.

Por perder, perdí hasta el zapato

Me queda como un guante este zapato y es una verdadera lástima que perdiera a su pareja en algún charco de lodo. Fue todo tan rápido que apenas lo recuerdo, aquello explotó y yo salí corriendo. Y cuando me paré y me hallaba entumecida por haber corrido más que en toda mi vida junta, ya no estaba.

Es triste que saliera despavorida y no tuviésemos tiempo de despedirnos como en las películas, con un beso de tornillo y una lágrima escapándose desesperada.

Estábamos en Finlandia, haciendo qué sé yo y el cielo se puso de colores. Nuestras manos eran un nudo, de esos que cuesta horrores deshacer, mientras pensábamos en nada y observábamos todo. Éramos felices y lo demás nos era intrascendente.

Y de pronto la esencia platónica de la belleza se hizo algo terrenal. La Aurora Boreal invadió el horizonte como si tal cosa, y a mí me asustó que sin pedir permiso el cielo diera un estacazo a la monotonía. Porque a mí me gustaba esa monotonía, era aterciopelada y azul, azul cielo.

Del susto corrí hacia el lugar más inhóspito de la Tierra sin saber por qué. Más tarde, habiendo perdido un zapato por el camino, me enrolé en un barco de pólvora y migrañas del que no he sabido salir. Y sin zapato, sin sentido y sin su compañía continúo mis días. Buscando la Aurora Boreal en la que lo dejé abstraído, con los colores de mi ausencia enfrascados en la retina de sus ojos.

La risa, sin prisa pero sin pausa

Es un reír a carcajada limpia, un reír sin motivo aparente. Articular las guturales sin respeto a nada, mas sin ofender a nadie. Es reír por reír y dicen que rejuvenece.

Eso es lo que me digo cuando no puedo parar de reír, que suele ser muy a menudo. Y para rizar el rizo diré que me gusta, que me encanta, que es algo precioso. Incluso cuando uno tiene los ojos tristes y aún así se ríe, o cuando le duele la tripa de tanto hacerlo.

Dicen que tengo una risa contagiosa, escandalosa y sincera. Y eso me hace ser creyente y practicante del buen humor, que es la sal de la vida. Eso me hace pedir perdón con una sonrisa tímida, y tirar al centro de la diana con una sonrisa de medio lado.

Basta ya de tanto grito, que tan nerviosa me pone. Se acabaron los ruidos ensordecedores, los cláxones coléricos y la soberbia seriedad. Reíd, reíros de todo en abstracto y de nada en concreto, contagiad, sed la toxina de la alegría.

¡Que el mayor de nuestros pecados sea reír!

Mi acuario era revolución

Tengo un acuario vacío. Antes lo llenaban cientos de seres, de todo tipo, desde peces exóticos hasta el más endeble percebe. Estaba lleno de pequeñas maravillas. Y no me sentía preparada para cogerlo todo entre mis brazos y abrazarlo con tanta fuerza como debía. Y no soy de esas que dicen las cosas con la boca pequeña, pero siempre se me escapa lo que pienso si querer.

Esto es lo que suelo hacer, apuntar lo que me sorprende en una libreta. Y luego lo leo, y sonrío, y me siento inmensa como la lluvia.

Porque al fin y al cabo vivir de revolución era lo que me daba mi acuario. Un inmenso mundo colmado de fantasía al que mi corazón no podía cuidar con toda su fuerza.

Porque al fin y al cabo eso es la revolución, que nace para encender y apagar fuegos, para unir a distintos seres en su acuario y hacerlos fantasía. Pero hay que cuidarla con todo el esmero del mundo o como el acuario que es, se te vacía.

Y si queréis podéis ayudarme a rellenarlo. Con una gota de vuestra lluvia, de vuestro afecto, de vuestra rabia y esperanza. Luego podemos bebernos ese brebaje y además de tenerla, podremos serla, ser pura revolución.

Esperando

Estoy convencida de que hoy no va a llover, ya que cuando era pequeña mi abuelo me enseñó a distinguir las nubes peligrosas de las mansas.

Y estar tan segura no me tranquiliza, sino que se convierte más bien en un terrible instrumento para sentirme cuerda. Tan cuerda que me hace olvidar los trasquilones que tengo en el pecho y las caídas que he experimentado hasta llegar aquí.

Creedme si cuento que mirando el cielo me siento sola y asustada, porque me encuentro realmente cómoda en la nada. En silencio estoy dispuesta a coserme las heridas con veneno y podría pasarme el resto de mi vida mirando las horas pasar.

Me gusta este lugar silencioso porque a veces, si he sido buena, un pájaro viene a verme y charlamos. Cuando estamos muy contentos incluso cantamos y bailamos al son del ruido lejano de la tempestad.

Y aquí continúo, esperando a que vuelva mi pájaro aunque sea por error. Y continúo esperando a que alguna respuesta asome, a que el cielo conteste, a que salga el sol.

Pd: Por cierto, quiero dar mil gracias a César por llevarnos a mi hermana y a mí a Red Babel en Radio 3 el sábado por la mañana. Ha sido una experiencia inolvidable y magnífica.