Querida Jael, he leÃdo todo lo que escribes sobre lo que el otoño te hace sentir. Y querÃa proporcionarte una perspectiva transversal de esta estación. Para ello voy a contarte lo que me sucedió en una ocasión:
Aquella era una tarde en que el calor que habÃa concentrado dentro de mi hogar resultaba empalagoso. AbrÃ, decidido, la enorme cristalera que me comunicaba con el horizonte del mundo. Y en el exterior no se respiraba sino un aire congelado y nuevo; ni una sola porción de él estaba contaminado.
Yo, que no era fácil de impresionar, me hallaba extasiado y envuelto por la nube de hielo que se fundÃa con mi tez. Acababa de descubrir mi sensación preferida, asomar la cabeza por la ventana desde un azucarero que se derretÃa de tanto placer.
¿Acaso crees que existe algo mejor que sentirse un romántico del siglo diecinueve clamándole al cielo libertad? Eso significó para mà desde ese preciso momento sacar la mitad del cuerpo por la ventana para respirar el frÃo.
Quizás encuentre la manera de que me entiendas. Sin embargo sé que es complicado comprender que yo vivo del aire. Porque es lo único que me estabiliza cuando no está quieto. Porque lo noto enmarañando mi pelo y arrancándome el alma. A veces me siento tan vivo cuando eso pasa que termino por creerme un condenado a pena de muerte que se está escapando de Guantánamo.
Sinceramente, no le encuentro mejor uso al otoño que rociarme con su esencia cuando huele a caracoles y a incienso de niebla. Cuando amenaza tormenta pero parece que tras la reyerta saldrá el sol tÃmido.
Y te ruego que lo pruebes y que te empapes con su hiel. Y que grites si es necesario que tanta hermosura te hace agonizar.
Saludos no exentos del ansia de revolución de las almas,
JeremÃas.