La incertidumbre descansa bajo un olivo con la mirada desintegrada y la risa putrefacta. Y mientras tanto nace noviembre, con el contraste de su tez blanca y sus manos mugrientas, enfermo de inanición y de tristeza.
Yo doy gracias a la suerte por convertir al pájaro posado en mi ventana en mi Ãnfima esperanza de libertad. Porque es la ausencia absoluta de miedo lo que me recuerda que el agua más viva de todos los reinos y repúblicas es la que forma cataratas. El agua del desequilibrio que encuentra en el vacÃo la ingravidez del espÃritu y los únicos elementos pulcros que constituyen el alma. Puro riesgo y adrenalina cuyo sabor se acerca más a la mermelada de naranja ácida que a la razón y el sosiego.
Desde mi ventana veo tan sólo amores enajenados al conformismo. Sólo encuentro banderas izadas por mástiles oxidados que simbolizan la crispación de las naciones. Yo ya no pongo la mano en el fuego por afirmar que estáis vivos porque yo me hallo muerta y sin embargo dice vuestra realidad que me late el corazón.
Y, ¿sabéis qué? Mi corazón está exiliado en el infierno. Y puede que tengáis razón, estoy viva aún no teniéndolo, al igual que casi todos los que me rodean.






