Cuando la vida no es el latir del corazón

La incertidumbre descansa bajo un olivo con la mirada desintegrada y la risa putrefacta. Y mientras tanto nace noviembre, con el contraste de su tez blanca y sus manos mugrientas, enfermo de inanición y de tristeza.

Yo doy gracias a la suerte por convertir al pájaro posado en mi ventana en mi ínfima esperanza de libertad. Porque es la ausencia absoluta de miedo lo que me recuerda que el agua más viva de todos los reinos y repúblicas es la que forma cataratas. El agua del desequilibrio que encuentra en el vacío la ingravidez del espíritu y los únicos elementos pulcros que constituyen el alma. Puro riesgo y adrenalina cuyo sabor se acerca más a la mermelada de naranja ácida que a la razón y el sosiego.

Desde mi ventana veo tan sólo amores enajenados al conformismo. Sólo encuentro banderas izadas por mástiles oxidados que simbolizan la crispación de las naciones. Yo ya no pongo la mano en el fuego por afirmar que estáis vivos porque yo me hallo muerta y sin embargo dice vuestra realidad que me late el corazón.

Y, ¿sabéis qué? Mi corazón está exiliado en el infierno. Y puede que tengáis razón, estoy viva aún no teniéndolo, al igual que casi todos los que me rodean.

El abominable hombre de las nieves

Pertenece a una flor la esencia del rumor que grazna el viento. Es tuya la esperanza que con un ligero retintín se manifiesta y que con lisonjera picardía sucumbe en un estallido. Se congela el tiempo.

La luz se monta sobre el horizonte dichosa. El fuego quema los océanos. El fuego quema al fuego. Vuelve la nariz aguileña de la Esfinge a donde debe reposar. Vuelve a ser portada la Teoría del Caos. Yo, sin querer, vuelvo a sonreír.

Me sublevo a la desazón. No existe desidia que pueda con mi cuerpo. No encuentro razones para seguir a Ulises y en cambio persigo, con él, su isla.

Se amontonan las hojas en blanco sobre mi mesa. Tiro las plumas destintadas. Bienvenido a mi mundo, aquí las únicas hojas que se conciben son las que cuelgan de los árboles y las plumas que remontan el vuelo de las aves.

No sé a qué viene esto de mudar de bisiesto. No sé por qué cambiarás la opinión que nunca tuviste. Experimentas conmigo, me refrescas y me picas, menta. Me nievas, me untas de escarcha y después te vuelves a marchar.

Soy memoria de la disidencia, luego taquicardia. Podría escribir un discurso sobre los valores de la vida que los convenciera a todos de cómo y por qué cambiar el rumbo de su viaje, pero este no es el momento. No es el día. Te echo de menos.

Extenuación

El otoño me es indigesto. No hallo en los montones de hojas secas sufragio alguno que amortigüe mi caída hacia el suelo, compuesto de enfermiza realidad.

Ver a la lluvia desvanecerse de las nubes me entristece. Sin embargo, no entiendo por qué nos protegemos de ella como si de un ácido corrosivo se tratase. Sólo es agua, compañeros. Hache dos o, la base de la vida, el hielo flotante que enfría mi copa. No comprendo por qué he de temerla.

En esta estación me encuentro absorta. Es casi imposible dejarme sin palabras, en cambio el otoño consigue enmudecerme. Prefiero quedarme aquí, con el vicio de mirar las horas pasar.

La rutina me oxida. Tengo tanto que hacer y tan pocas ganas que en el instante que se me concede para sentir sólo consigo estar triste y desencajada.

Tengo la sensación de que soy de hoja caduca, pero no me asusta desnudarme. Me fundo con la lluvia. Tranquilos, no estoy muerta, tan sólo estoy durmiendo. Tan sólo estoy soñando. Me han domesticado y apenas atisbo lo que hay dentro de mi jaula. Me extenúa todo lo demás.