Los ápices del silencio

Cuenta la leyenda que es allí, en lo alto del cielo, donde pueden saborearse los ápices del silencio, que es el más puro y hermoso que pueda existir.

Y que sólo los más grandes líderes de revoluciones pueden alcanzarlo. Ese silencio con pan, miel y rompecabezas resueltos.

Lo cierto es que yo siempre he soñado con él. Siempre he sentido que algún día podría llegar a enrolarme en un barco con un destino asombrosamente callado y cargado de significado.

Y nadie le ha encontrado una explicación científica a este fenómeno. Pero es que la magia no necesita ser explicada, tan sólo hay que vivirla.

Hoy me siento llena de vida. Cuando escribo alcanzo los ápices del silencio. Y sé que el final de la leyenda es que algún día cambiaremos el mundo.

Azúcar y sal

La vida nos guarda en dos tarros que se sientan paralelos. No se tocan, no se empujan y miran desde su balda el abismo. Nos llaman azúcar y sal.

La vida nos llena y nos vacía, nos deja caer cuando nos necesita. ¿Acaso no se da cuenta de que todo sería más sencillo si nos mezclara? Qué más le da, si sólo somos azúcar y sal.

-En exceso ella escuece y él empalaga- dicen los que creen saber todo. Pese a que nunca hayan mirado dentro de los botes de porcelana que nos guardan.

Pues sepan los que nos juzgan que no somos lo que está escrito en esos tarros. Sepan que somos lo que somos y también lo que soñamos. Sepan que sólo somos puros cuando la casualidad nos mezcla.

-A ellos no se les acelera el corazón, no sienten, no están vivos- dicen los que creen saber todo. Aunque jamás se hayan preguntado si ellos podrían vivir sin azúcar y sal. ¿Quién está más vivo entonces, el que vive o el que hace vivir?

Lo que digan o piensen, en realidad, no es trascendente. Cuando menos lo espero ellos nos miran y me mantengo impasible. Porque los amaneceres desde esta balda son inmensos, son nuestros. El sol sale para que podamos vernos como estamos, como somos, azúcar y sal.

Mi piano, su violín y nuestro silencio

Toca el piano para mí. Acaricia los sonidos con la mano y los sopla con cuidado hasta mi oído. Sabe que este instante es mi vida, que el ahora es la eternidad.

Y juntos hemos decidido no decidir nada. Nos perdemos entre las cuerdas de un violín, ahogados por el néctar de una flor. Al instante cada segundo late al compás del parpadeo de unos ojos que se quieren mirar.

Yo le pregunto que si quiere venir conmigo. No contesta, nunca lo hace. A mí me invade la pena, a él la nada. Es entonces cuando el viento se queda ronco de tanto suspirar.

Así son nuestros momentos, infinitos. Donde empiezan también terminan, hay quien los atisba pero nadie los concibe. Eso es lo que somos, la pasión del sinsentido.

Como un día nublado, me caliento y me enfrío. La vida es el olvido de aquello que no nos hace falta.

Se queda con gesto serio y se esfuma. Aunque aún se respira en el ambiente el perfume a batalla.

Me aplaude y se esconde.

Se me cae encima el mundo entero. Vuelvo a la realidad.

Él escribe a la vida

En mis páginas está escrita la historia, manipulada por los ideales e intereses de a quienes pertenezco. Tengo anuncios que tratan de vender aquello que ustedes no necesitan y la mitad de mis noticias sólo sirven para rellenarme. Pero tengo prestigio, no crean, algunos sólo con leer mis letras más grandes ya creen que saben todo lo que les concierne con respecto al mundo.

Sólo tengo interés durante un día, aunque cientos de personas hayan trabajado por gestarme. Después de cuarenta y ocho horas mi existencia carece de sentido. Mi masa es prácticamente despreciable, puedo quemarme entero en tan sólo unos segundos y sin embargo mi peso en sus vidas es brutal.

Por si no lo han adivinado ya, termino con el misterio. Soy un periódico que podría haber terminado en la basura, al igual que la mayoría de mis hermanos gemelos. En cambio alguien ha sabido darme otro uso, ha conseguido una razón para que mi existencia siga siendo perpetuada.

Fui creado por y para una sociedad consumista. Aunque paradójicamente la persona que me posee dejó de formar parte de esta sociedad hace tiempo, porque ese alguien está consumido. Ahora soy la almohada de un hombre que vive en la calle. Sujeto su cabeza extenuada de tanto pensar: paren el mundo que yo me bajo.

Y francamente, soy más útil ahora que antes. Soy más valioso y mi causa es más noble. Y quiero destacar que lo importante de todo esto no soy yo, sino mi dueño. Es por eso que ahora quiero compartir con ustedes algo que él el otro día escribió sobre mí, su cuaderno de poemas, delirios y a veces esperanzas:

Lo nuestro era más de bebernos los encantos a golpe de beso.
Escribo sobre ella para mí aunque el frío me quiebre los dedos.
Ella es avalancha y alud, ella me mantiene preso.

Ella es la vida y ya no recuerdo quién me preguntó si quería jugar a morir denigrado en su tablero.