Nunca seré una persona influyente en la sociedad. No seré comentarista de fútbol, tampoco seré ladrona de cuadros famosos y ni siquiera destacaré en las colas de sueldos mileuristas.
Sin embargo existen personas que me hacen sentir grande. Gente que dice que no se ha sentido nunca tan escuchada como por mí, gente que dice que irradio alegría y gente que dice que encuentra en mí a su mitad. Y esas cosas dichas al fundirse en un abrazo resultan los momentos más grandes de la vida.
La vida es una cadena heterogénea de días. Tenemos anillas de esa cadena que son de cristal, de barro, de acero inoxidable, de madera y de pirita. Y los que no tienen miedo a esculpir esa cadena, los que sienten cada segundo y muestran su alma son valientes, aunque yerren o caigan alguna vez en el abismo.
Pero lamentablemente los valientes en tiempos de guerra resultamos, al final, héroes de póster adolescente. Flores cortadas que han perdido su frenesí y sólo pueden secarse en el álbum de algún coleccionista que las admirará desde la nostalgia, el recuerdo y la leyenda.
Los valientes, aunque a veces sean imprudentes, también sienten dolor. Muerden el polvo de la derrota y besan a la muerte.
Si me dan a elegir me quedo con el caballero negro que sale en una película de los Monty Python. Le cortan los brazos y las piernas creyendo que así le roban la dignidad y aún con esas él está dispuesto a vencer al Rey Arturo a mordiscos. Supongo que en cierto modo soy como él, heroína de lo que los demás encuentran absurdo, pero también valiente.






