Algunos dicen absurdo, yo digo valiente

Nunca seré una persona influyente en la sociedad. No seré comentarista de fútbol, tampoco seré ladrona de cuadros famosos y ni siquiera destacaré en las colas de sueldos mileuristas.

Sin embargo existen personas que me hacen sentir grande. Gente que dice que no se ha sentido nunca tan escuchada como por mí, gente que dice que irradio alegría y gente que dice que encuentra en mí a su mitad. Y esas cosas dichas al fundirse en un abrazo resultan los momentos más grandes de la vida.

La vida es una cadena heterogénea de días. Tenemos anillas de esa cadena que son de cristal, de barro, de acero inoxidable, de madera y de pirita. Y los que no tienen miedo a esculpir esa cadena, los que sienten cada segundo y muestran su alma son valientes, aunque yerren o caigan alguna vez en el abismo.

Pero lamentablemente los valientes en tiempos de guerra resultamos, al final, héroes de póster adolescente. Flores cortadas que han perdido su frenesí y sólo pueden secarse en el álbum de algún coleccionista que las admirará desde la nostalgia, el recuerdo y la leyenda.

Los valientes, aunque a veces sean imprudentes, también sienten dolor. Muerden el polvo de la derrota y besan a la muerte.

Si me dan a elegir me quedo con el caballero negro que sale en una película de los Monty Python. Le cortan los brazos y las piernas creyendo que así le roban la dignidad y aún con esas él está dispuesto a vencer al Rey Arturo a mordiscos. Supongo que en cierto modo soy como él, heroína de lo que los demás encuentran absurdo, pero también valiente.

¿Hay algún asesino en la sala?

Soy de esas chicas que no saben pintarse las uñas ni maquillarse sin parecer la reina de un burdel. La sinceridad en exceso me resulta un pecado tan grande como la mentira, y es que no hay nada como encontrarse a alguien después del verano y que te diga lo guapa que te ve, aunque no sea cierto.

También soy la clase de persona que sueña casi todas las noches y cada despertar se queda unos instantes recordando la aventura vivida en el letargo. De hecho mis sueños suelen ser experiencias mucho más excitantes que las acaecidas en mi vida cotidiana.

Sin ir más lejos hoy he soñado que mataba a una mujer alemana. Y digo alemana porque estaba en Alemania, aunque sus calles me recordasen más a la ciudad del amor de Antonio Machado. La disparaba con una pistola salida de la nada ya que ella estaba apuntándome con un revólver. No sé por qué me apuntaba, no sé quién era esa señora y tampoco sé por qué la he matado, pero son cosas que pasan.

Puede que un cúmulo de rabia sideral en forma de rayo enviado por el mismísimo Zeus me esté alborotando últimamente. Será que noto cientos de pistolas apuntándome a la sien y como no tengo escudo ni chaleco antibalas disparo contra lo primero que se mueve.

Aunque alego, en defensa propia, que esa señora había tratado de exterminar previamente a mis seres más allegados en una cafetería. Es decir, supongo que en cierto modo soy una súper heroína, a pesar de que sea en sueños y sólo lo sepa yo.

No está mal tener secretos como éste, porque aunque os lo cuente aquí no deja de ser un secreto. Quizás sea porque como dice Robe el cantante de Extremoduro: “Me gusta, me gusta, me gusta mucho tener ideas contradictorias. Porque así, aunque siempre meto la pata, siempre tengo la razón”.

Madrid

Es irme unos días de aquí y ponerme tontorrona…

Madrid

Vivo en Madrid, ciudad de las sátiras
y la Guerra Civil de decepciones.
Sus gentes rebosantes de pasiones
convierten en dulce la lluvia ácida.

El Madrid de piratas en páginas,
de sirenas, disparos y canciones
mece despistado nuestros colchones
disueltos y agrietados por lágrimas.

A veces recio y vacío de almas,
a veces la magia llena el ambiente.
Lo amo hasta odiarlo, Madrid me mata.

Madrid, el héroe que siempre se salva,
la ciudad de los ríos de aguardiente.
Te anhelo agujero de mugre y calma.

Danielle pregunta

Ella habla un inglés perfecto, quizás porque es de Manchester. Es tímida, risueña, graciosa y su piel es aún más blanquita que la mía. Ella es inmensamente curiosa pero no traspasa la delgada línea que separa la curiosidad del chismorreo.

Tropezamos en el camino por casualidad y encajamos desde el principio como piezas de un mismo puzzle enhebrado por un campo electromagnético. Ahora que no podemos vernos nos escribimos cartas, como a la antigua usanza.

Tiene una familia moderna, es decir, totalmente desestructurada y una vida estándar del siglo XXI. Aunque nunca lo confesó la plenitud de su mirada brillaba por su ausencia probablemente porque está rodeada de árboles, maníaco-depresivos y ardillas.

En el ritmo frenético de los días que vivimos juntas conseguimos compartir un par de adagios. Recuerdo uno especialmente, de hecho creo que antes de palmarla ese momento será una de las diapositivas que giren en mi mente.
Sucedió en la cocina de su casa, mientras disfrutábamos de un hermoso y cómodo silencio. Ella se aclaró la garganta y me dijo: “¿Tú sabes cuál es el sentido de la vida?”. Yo levanté la mirada del suelo y después de unos segundos le dije: “¿Qué?”, creyendo haber entendido mal la pregunta. Tras una charla filosófica que duró horas nos abrazamos y yo me marché a dormir.

Creo que nadie me ha preguntado jamás algo tan complicado, quitando preguntas como: ¿de dónde vienen los niños? O ¿Sabe usted cuánto cuesta un café?
Supongo que en realidad no es algo tan difícil de contestar porque no existe una respuesta que no sea correcta, así que esta pregunta me ayudó a saber que lo más inquebrantable para el hombre no debería ser el derecho a la vida, sino el derecho a una vida con sentido.

Ahora siento yo la necesidad de preguntarlo: ¿Cuál es para vosotros el sentido de la vida?