Anoche me fui de viaje por Madrid. En el garito más inhóspito de las calles del centro hubo una guerra de paz, todos luchábamos por hermanarnos y ser uno.
Sus paredes de tacto húmedo recordaban a las cavernas prehistóricas y la vida que desprendían las luces era casi equiparable a la del Sol.
En un instante ese sitio cualquiera se había convertido en nuestro lugar. El karma nos condujo a aquel tugurio bullicioso en el que descubrí que no existía mejor momento para ser feliz.
Y después de ingerir la dosis exacta del brebaje mágico, cerveza, comenzó el éxtasis. Las primeras notas en directo, el inicio del ruido que amansa los monstruos y despierta los corazones. Sin duda comenzábamos a ser poseídos por la maravilla que más enloquece a los sentidos, la música.
Reír, saltar, cantar, gritar, sudar, chocar, ser tragado por la multitud, vibrar, despertar, estar dentro de otro mundo, darlo todo y al final decir: “ha sido increíble”. Eso es un concierto.
En todos me sorprendo como si fuera el primero y también los disfruto como si se tratase del último.
La mayor de mis pasiones: el aquí, el ahora y el va por ustedes.






