Sol y sombra

Vuelve la lluvia, tan necia, que no entiende de nada. Poco condescendiente moja, empapa y Martín tiene que refugiarse en un bar de poca monta. Entre viejos, carajillos, palillos y tertulias se sienta.

De repente el dueño con una voz grave pregunta, sin apenas vocalizar: “¿Qué va a querer el mozo?”.

“Me va a poner… Un… Una… Un… Lo que usted quiera”. Contestó Martín titubeando, sometido a la presión en su cara del humo procedente del cigarro del viejo. Estaba convencido de que si pedía una Coca-Cola recibiría algún bastonazo en la cabeza por parte del resto de clientes.

“¿Un sol y sombra está bien? Yo lo veo a usted como con galbana muchacho, le falta un buen empujón pá aguantar el día”. Dijo el señor con una mueca en forma de sonrisa.

Martín asintió, intimidado, y le devolvió una sonrisa educada.

“Pero hay que bebérselo de dos tragos, si no esto es como aguachirri”. Amenazó el viejo, y después se rió con picardía.

Y amén, así fue, de dos tragos y con la garganta ardiendo hizo que el vaso se tornase vacío.

Lo gordo hay que observarlo y después bebérselo en un abrir y cerrar de ojos. Puede que nos pasemos media mañana borrachos, pero nadie dijo que después de afrontarlo fuese sencillo adaptarse.

Martín buscó su monedero pero el viejo se le adelantó. “Invita la casa, a ver si se le cambia esa cara de perro triste y pasa un buen día”, añadió entre carraspeos.

Quizás él no lo sabía, pero le había enseñado a Martín que la vida era sol y sombra. Un fuerte trago de alcohol, un lamentable ardor de estómago, tensión, ¿y qué? Siempre queda quien hace que eso merezca la pena.

Lunes

Suena el despertador del móvil, y tras escuchar su atronador sonido durante cinco segundos largos e impasibles es el momento de abrir los ojos para callar a ese hijo de puta que tú mismo has comprado.

Reposas en la cama, agonizando, como si acabases de recibir un disparo entre ceja y ceja. Efectivamente, es lunes.

En la cocina suena la cafetera y deseas que estalle reventando todo, para así tener un motivo justificado por el que no embotellarte en un atasco.

Con o sin ojos azules llega una edad en la que no se te perdona llegar tarde. Dejas de remolonear en la cama y en el cristal empañado de la ducha te dedicas a dibujar y escribir.

Remueves el azúcar del café mientras lees los ingredientes de unos bollitos marca Mercadona. Y es entonces cuando te sumerges en la inconsciencia por un instante: ¿crees en lo que ves? Materia absolutamente compuesta de vacío masificado. Una realidad tullida. Materia enferma de tus sentimientos.

En el trabajo tu compañero Juan se queja porque le han sacado una muela del juicio. Y tú para tus adentros piensas: “pues menudo marica, seguro que no ha sido para tanto. Cuando yo era pequeño y llegaba a casa de mis abuelos tocaba la revisión. Si algún diente se movía, aunque fuese un poquito, era automáticamente arrancado por un hilo que se ataba al pomo de la puerta más cercana. Y aquello sí que era digno de temer y de sufrir.”

Llegas a casa, enciendes la tele y Ana Obregón tiene un nuevo novio con el pene más grande y el cerebro más pequeño. Batiendo su propio récord.

Y así durante toda la semana, exactamente la misma rutina. Hasta que despiertas el jueves, o quizás debería decir el juernes. Los jueves huelen a viernes de principio a fin, es el consuelo de ese día inservible que se sitúa en el ecuador de la semana.

Menos mal que en este asqueroso pueblo queda todavía monte donde adentrarse. Donde poder esconderse y ser uno mismo. Y tras eso queda una evasión donde romper la monotonía con un antifaz cuyas lentejuelas son un seudónimo y cuya arma infalible son las palabras.

Hola, holita vecinito

Queridos hermanos, estamos aquí reunidos para… (¡NO! ¡MIERDA! Esperad, esto iba en el chat de enlaces matrimoniales online).

¡Muy buenas lectores! Me presento con brevedad y concisión: según unos cuestionarios de Internet soy una mezcla entre Phoebe y Hannibal Lecter. Esto implica que los contenidos que vais a encontrar en esta página estarán disueltos en una mezcla entre batido de vainilla y ríos de sangre que puede que a veces sea como la de Ramoncín, algo entumecida por litros de alcohol y por el patetismo en su máximo exponente.

Soy la buena y voy a escribir sobre todo aquello que transportan las hormigas que corren por mi cerebro: mis vicios, mis inquietudes, mis delirios y un sinfín de temas que descubriréis en mis sucesivos posts.

Un besito con fuerza de rozamiento para los visitantes.