Vuelve la lluvia, tan necia, que no entiende de nada. Poco condescendiente moja, empapa y Martín tiene que refugiarse en un bar de poca monta. Entre viejos, carajillos, palillos y tertulias se sienta.
De repente el dueño con una voz grave pregunta, sin apenas vocalizar: “¿Qué va a querer el mozo?”.
“Me va a poner… Un… Una… Un… Lo que usted quiera”. Contestó Martín titubeando, sometido a la presión en su cara del humo procedente del cigarro del viejo. Estaba convencido de que si pedía una Coca-Cola recibiría algún bastonazo en la cabeza por parte del resto de clientes.
“¿Un sol y sombra está bien? Yo lo veo a usted como con galbana muchacho, le falta un buen empujón pá aguantar el día”. Dijo el señor con una mueca en forma de sonrisa.
Martín asintió, intimidado, y le devolvió una sonrisa educada.
“Pero hay que bebérselo de dos tragos, si no esto es como aguachirri”. Amenazó el viejo, y después se rió con picardía.
Y amén, así fue, de dos tragos y con la garganta ardiendo hizo que el vaso se tornase vacío.
Lo gordo hay que observarlo y después bebérselo en un abrir y cerrar de ojos. Puede que nos pasemos media mañana borrachos, pero nadie dijo que después de afrontarlo fuese sencillo adaptarse.
Martín buscó su monedero pero el viejo se le adelantó. “Invita la casa, a ver si se le cambia esa cara de perro triste y pasa un buen día”, añadió entre carraspeos.
Quizás él no lo sabía, pero le había enseñado a Martín que la vida era sol y sombra. Un fuerte trago de alcohol, un lamentable ardor de estómago, tensión, ¿y qué? Siempre queda quien hace que eso merezca la pena.






