Tango de tres

Lo impensable y enrevesado
del amanecer.
Los bucólicos ruiseñores
volando contra la corriente
que desprenden el Sol y Luna
bailando tango.

Y el horizonte, insumiso,
rapta sus cuerpos
lentamente.
Hacia el todo sustentado
por la nada, al filo de tus ojos.

El rey lagarto frota su piel
revestida de escamas
y delinea el horizonte
con los trazos que esbozan sus huellas.
Y vierte lágrimas saladas,
formando el punto de intersección
entre la alegría y la desgracia
de que hoy sea ayer.

Entre tanto quehacer
pasa el tiempo, sin querer,
y yo sentadita sobre el pliegue de mi falda
pensando en lo que siempre falta,
en lo que tanto duele,
mientras el día y la noche bailan.

Esperanza

A menudo se caen los pétalos marchitos de las flores, a cámara lenta, dubitativos. Y una se pregunta cuándo dejará de llover en Madrid, si la primavera no ha sido ya lo bastante caldosa. Y si la generación de la caída del Muro de Berlín verá cómo se vienen abajo el resto de paredes y fronteras que separan a los hombres del entendimiento mutuo.

Después de cuatro meses que bien podían haber sido casi cuatro años lloviendo, una espera conocer a Aureliano Buendía, a José Arcadio y a Úrsula. Y aprende que cien años de soledad caben en setecientas cincuenta y seis páginas. Se da cuenta de que el deseo de que todo lo malo se quede en un sobresalto o en una anécdota se hace necesidad. Y lo bueno nos arropa en esa esperanza que, como un ave con el ala dañada, nunca termina de echar a volar.

Ahora más que nunca una sabe de la tómbola de la vida, el sorteo que te regala un hijo sano, una enfermedad incurable, un instante que te hace vibrar de emoción. Y, aunque nada valga sin esfuerzo, la probabilidad de coger el boleto premiado existe. Como también tienen cabida en la incansable rotación del día y la noche todas las preguntas que Jael sigue guardando en sus adentros.

En la primavera interminable las flores siempre están tiernas y los frutos esperan su turno para aparecer en escena y alimentar nuestras bocas animales. Las mismas bocas que hablan del quehacer de ayer, hoy y mañana, mientras sus cuerpos continúan congelados ante el impasible galopar del tiempo. Entre tanta diversidad de frutos y bocas Dios ha muerto, hay quien habla con Cristo y alguno que tiene por religión el carpe diem desvirtuado por la sociedad del consumo.

Así que, esperando a que se difuminen las borrascas, nunca está de más recordar que no somos nadie. Nunca seremos nadie mientras existan muros con prejuicios escritos a los que sujetarnos. Nunca seremos nadie mientras haya un solo hombre que no ayude a curar el ala del ave de la esperanza para que remonte su (nuestro) vuelo.

Abrazo - Creaciones Jawa

Con mucho gusto

Me gustan las palabras que vagan desorientadas por los aires. Como bombas de miel, como soplos de hielo, se quedan reticentes en los vientos. Y la sarcástica sonrisa a medio torcer de la luna en el cielo, y las incontables gotas de luz que iluminan con desgana desde otros mundos.

Me gusta el mar, sus olas y los vaivenes de la marea, el arte por el arte, la sublevación de la naturaleza a lo estático. Todo ello concentrado en un grano de sal sobre mi lengua, que se deshace mientras una ínfima corriente eléctrica recorre mi cerebro y la saliva invade lentamente mi boca. Y jamás pensar en la explicación del truco de magia, porque la magia es magia y nada más.

Me gusta perderme en los laberintos del tiempo, saltar de hoy a mañana pasando por ayer. Ver cómo doy forma a mi antojo a los segundos y ver cómo enloquece el cuco del reloj, para descifrar los enigmas que esconden los momentos.

Me gusta tanto vivir sin buscar el sentido que, al final, es él quien viene a por mí.

Vacía

No entiendo cuando la sequía de tiempo me obliga a partirme en dos para llegar aquí y allá. Cuando mis pensamientos sólo giran en torno a reacciones de ácido-base, fechas, vectores y algún ensayo que he analizado exhaustivamente. Y sólo eso, y nada más.

Por las noches, en sueños, me persiguen mitocondrias gigantes que pretenden oxidarme. Entonces, al despertar, huele a neurona refrita a la que le falta un poco de paz.

Pero en ese momento, después del grito que acompaña al fin de la pesadilla, me encuentro acompañada por una impaciencia hirviente, me miro y estoy vestida únicamente con un collar de perlas violetas y unas gotitas de Channel nº5. Con Hendrix deleitando mis oídos y todas las letras que componen una novela de misterio centrifugándose en mi mente. Sueño con el atractivo asesino que se contonea en cada página, que estará más loco que Van Gogh, pero yo me lo imagino tan guapo. Lo que, mezclado con el intenso olor a incienso que se apodera del ambiente, alimenta mi afán de dar un saltito y colarme dentro del libro.

Y ahí es cuando pienso: ¿y ahora qué? Pues nada, supongo. Porque en realidad ni collar, ni Channel nº5, sino más bien pijama verde, osito de peluche y kilos de apuntes esparcidos por todos los rincones.

Estoy vacía, señores, vacía de creatividad. Espero que se me pase cuando termine los exámenes.

Siempre

Siempre que es hoy
no tengo ganas
de confesar mis arrojos.
Ni hablar de queridos,
malentendidos,
o bosques frondosos
atravesados por carreteras.

Cuando el corazón aprieta,
y el pecho es una jaula
que encierra al deseo,
quiero la vida entera.

Quiero
todos los rayos de sol
en mi piel.
El olor de primavera
en mi nariz.
Quiero
la vida entera.

Sin más agujeros negros,
ni galaxias, ni estrellas.
Siempre que es hoy
lo que tienes es lo que quiero.

Quizás

El pez de escamas violetas
nunca pudo deshojar una flor
porque la corriente del río
carecía de tiempo para dejarlo
saltar a la orilla y su frío.

Allí donde las ardillas
saltan entre juncos
y tu corazón estúpido.
Allá donde nunca
reina el silencio.

Exactamente en ese lugar
me agota el constante fluir
del agua, de la nada
que se lleva todo.

Me extenúa tu mirada,
el paraíso y el infierno
dibujados en el retablo
de tu gesto.

Los labios del diablo,
el fuego. Mas si abro
los ojos al cielo
se difuminan los malos vientos.

Aquí me siento como el pez
de escamas violetas,
luchando contracorriente
por deshojar la utopía del nunca
y convertirla en un quizás.

Areté - Creaciones Jawa

Más allá de las rejas

Violín, viola, violonchelo
vibrando, cuerda a cuerda.
Así se descuelgan, disimulando,
las flores rusas que anhelo.

Para remontar el vuelo
sólo quiero quedarme aquí,
entre hoy y mañana.
Mi realidad de azulejo
mudéjar dorado al sol.

Soplan los vientos viejos
que vienen de Marte
y los cuentos terminan
en comedia griega de Plauto.

No somos nadie, nadie,
si nunca hay unos ojos
que nos miren.

No somos sino estepa,
y en el envés de las hojas
historias escritas que arden.
Las mariposas se elevan
frente a la combustión
de nuestras contiendas.

El mundo explota en pedazos
y sentimos que el calor
se expande. Y con él
nuestra alma enlatada
por las rejas del cuerpo.

Y ya desnuda, despojada
del sustento material,
vuela el alma. Vuela.

Saco de huesos - Creaciones Jawa

Despertar en San Blas

En San Blas el chatarrero no perdona un sábado con su camioneta roída por el tiempo. Pasa, arrastrando los segundos con su grito saliendo disparado por ese altavoz que preside lo alto de su furgón.

Es cosa de las doce, una hora prudente para abrir los ojos y limpiarse las legañas. Salir del laberinto de las sábanas y enfrentarse a un día virgen.

Cuando Germán se asoma por el balcón ve ondeando la lencería de mercadillo de su vecina de enfrente. Sujeta por esas pinzas de plástico inerte, en unas cuerdas sumamente etéreas. Y la vida al fondo de la calle, asomándose sin timidez desde una calle principal, perpendicular al balcón. El tráfico se enmudece ante la evidencia de la hermosura de un violín haciendo flotar unas notas de Bach.

Debajo del balcón una pintada, un juicio moral, el imperativo del joven discordante: “Hay que follarse a las mentes”. Todas las historias que caminan bajo los pies de Germán cuando se asoma a respirar la mañana madrileña. Contaminada, entre otras muchas cosas, de esperanza.

La mirada atenta a lo que pueda pasar y a lo que nunca sucederá. Con el fin de buscar esa combinación de respuestas a todas las preguntas existentes que proporciona la verdad absoluta. Hay que vivir para contarlo, para aprender de cada error y subir a lo alto de un campanario a gritar que es posible tirar de un soplido esas pinzas. Romper la tensión, difuminar la energía del universo.

Es uno de esos días en que todo parece posible. Nada encaja en los planes ideados porque no es necesario. La corrupción se ha dormido al alba, junto al exceso de autoridad de las almas. El impío ve el paraíso mientras el cura de la iglesia del barrio cuelga un cartel de liquidación total por cierre.

Entran ganas de pensar que el mundo está loco. Pero cuando la locura termina convirtiéndose en una realidad las palabras se quedan cortas. Un coche pasa con las ventanillas bajadas y la radio a todo volumen, el locutor promulga que ha nacido el Mesías del siglo XXI. Su nombre es Libertad.

Germán suspira con profundidad y se vuelve a meter dentro de casa. Va a ponerse unas zapatillas para poder pisar la calle, bailar con Bach y acompasarse al ritmo del aire.

Germán - Creaciones Jawa

Esquivar

Saltar de una nube al estanco
tras verte desde arriba
y comprar dos sellos
que nos lleven al mirador acolchado.

Mientras esté viva
que todo siga girando.
Y en el centro de la espiral
mi nube, el cielo.

Donde la única geometría posible
es la que dibujan mis ojos,
la que ocultan mis párpados
cuando duermo para que sea mañana.

Mañana, ¿quién sabe?
Dice el señor García Márquez
que todo se sabe.

Quisiera los ojos del águila
para adivinar el movimiento
de la hormiga en el suelo.
Para esquivar con mi vuelo
las nubes, el miedo.

Esencia

Pasó como suceden tantas cosas que te cambian la vida, es decir, por casualidad. Fue cuestión de azar que me dieran a mí el puesto de florista. Los había mucho más cualificados, con mayor experiencia y de tez menos sensible a los rayos de sol de mayo. Pero la vida es ese fuego que nunca se sabe cuándo va a descontrolarse. A veces el fuego es provocado, sin embargo en esta ocasión la madre naturaleza era la principal sospechosa de haberlo creado.

Aquella noche, hace dos años, me quedé jugando con las flores. Yo llevaba un collar de espinas orientadas a la piel que se tambaleaba sobre mi pecho. Decidí saltar de lo alto de un una flor bailarina al suelo, justamente cuando sus pétalos se encontraban en el balanceo más impetuoso. Parecía que iba a helarme de frío por haberme dejado vencer por la gravedad, cuando cinco segundos más tarde explotó el cielo. Allí estaba mi cuerpo, mi corazón latía con fuerza y mi mente se perdía en la inopia.

Y el collar de espinas orientadas a mi piel continuaba con su tambaleo. El cielo era fuego. Yo era un fiambre postrado en una montañita de piedras y el collar se movía por la fuerza del viento. Nueva Delhi tiene estas cosas de los vientos, las brisas y la magia

Deseaba profundamente estar a setenta por hora sobre el río Amazonas y no allí. O estar bajo la sombra de un molino de las tierras galopadas por Rocinante. Pero no, en la India psicodélica de los Beatles reposaba mi carne.

Salté porque amaba la adrenalina que inyectaba el miedo, el corazón en un puño, y después recordar la caída del Muro de Berlín. Quizás había después del después algo aún más metafísico.

Sí, lo había. Quedarme con el corazón en la mano y comenzar a balbucear esta historia hasta el final de los tiempos.

Recordar que nada es suficiente en primavera sin que su plumaje se despliegue. Su plumaje es de flores y estallidos de luz y color selvático. Su llegada sabe a besos y exprime las esencias.